-Yo que uté no haría dedo ahí, m´hijo
-¿Por qué, viejo, que hay de malo acá?
-Saben de ocurrir accidentes ahí, vió.
Eso fue todo lo que le dijo el viejo antes de desaparecer en un bosquecito del otro lado de la ruta, y después de estar ahí durante siete horas sin que pase ni un solo vehículo, Julio empezaba a dudar de que aquello fuera cierto. A eso de las seis de la tarde cuando el sol empezaba a declinar, apareció otro joven con una mochila de las que se fabricaban hacía 20 años o más, de esas con armazon metálico y de lona, que lo saludó al pasar y se puso unas 30 metros delante de él y se puso a hacer dedo. Quince minutos después una parejita se puso entre ellos dos y mientras la chica se sentaba en el cesped y jugaba con un diente de león, el chico se paró a orillas de la ruta a esperas de que pase alguien y los lleve. Con un movimiento de cabeza saludó a Julio, quien le devolvió el saludo con un movimiento de su mano.
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