Uno que trae cola (2da Parte)

II

“No creerías las cosas que he hecho por ella.
Cobardemente, sí, pero sin vergüenza.”
Ella usó mi cabeza como un revolver – Soda Stereo

Ya pasaron dos horas y nada. El aire de la habitación se ha enrarecido, en parte por el calor que hace afuera y en parte porque Migue no deja de fumar. Hace media hora que ninguno de los tres abre la boca para decir algo. El arma que llevo en el cinturón me pesa más de la cuenta y me pone inquieto. Cada tanto cruzo una mirada con Lorena, pero no logro leer nada en sus ojos. Igual eso me calma un poco, como si sola presencia fuera más que suficiente para justificar el hecho de que no me haya agarrado mis cosas y haberme largado antes. Estos cruces de miradas duran poco, hasta que Lorena nota que Migue nos está viendo. No puedo dejar de sentir cierto odio, pero sobre todo celos, por él.
Acá va el resto de la historia.

Después de avanzar unos docientos metros por el sendero, llegamos a una tranquera que daba entrada a una pequeña hacienda. Una tenue luz salía de una de sus ventanas, e imaginé que debía ser de velas o a lo sumo un farol por lo poco que iluminaba. Dos vehículos estaban estacionados frente a la construcción, una camioneta y un cuatro puertas que no lograba distinguir bien debido a la poca luz y la distancia. (Sólo hasta después noté que eran una Ford Ranger y un Renault Mégane, prácticamente 0 Km. ambos). Cuando los faros de mi vehículo iluminaron la casa, la puerta se abrió y vi aparecerse la figura de un hombre.
-Bueno, hasta acá está bien- me dijo ella. -La gente con la que me tengo que reunir ya llegó. Gracias de nuevo por el viaje.
-No fue nada- le respondí. Volví a mirar hacia la casa, ahora me parecía ver dos figuras recortadas en el marco de la puerta, una fumaba, y sentí un escalofrío. -¿Seguro vas a estar bien?- le pregunté.
-Si, no te preocupes, son viejos amigos. ¿Sabés como volver, no?- Asentí. -Bueno, otra vez gracias, hasta siempre-. Y me sonrió de esa manera que hasta ahora hace que me deje de latir el corazón y que sea capaz de cualquier cosa por ella. Después cerró la puerta y se dirigió a la tranquera.
Cuando la vi abrir la tranquera y dirigirse a la casa, giré en redondo y me puse en marcha, de nuevo a mi vida sin rumbos. Por el espejo retrovisor llegué a ver como ella se reunía con la gente que la esperaba (sí, eran dos personas y una fumaba) y me obligué a dejar de mirar. Ahora ella era parte de mi pasado y no tenía sentido seguir pensando en ella.
Nunca estuve tan equivocado en mi vida.
Apenas puse nuevamente la vista en el camino, por el rabillo del ojo vi dos fogonazos reflejarse en el retrovisor. Un segundo después llegó a mis oídos el sonido de dos explosiones, ahogadas por el motor de mi auto. No soy un experto en armas y jamás (hasta ahora) me vi involucrado en un tiroteo o algo parecido. Salvo algunas veces de niño y alguna otra de adolescente con la carabina o la escopeta de mis tíos, nunca antes había escuchado disparos tan cercanos, y si lo hice, seguro que los confundí con petardos. Pero algo me decía que estos no eran petardos… y además faltaba mucho para navidad.
Frené en seco. Me encontraba a unos setenta metros de la casa y no lograba divisar a nadie. En reversa recorrí el camino de vuelta a la casa , pisando a fondo el acelerador, sin siquiera pensar en lo que hacía, o en lo que haría si realmente fueron disparos los que escuché, o en lo que diría si no lo fueron. Sólo me preocupaba el hecho de que a ella le hubiese ocurrido algo.
Cuando llegué a la tranquera vi a alguien aparecerse por detrás de la Ranger. Creo que ese fue el momento de mayor miedo en toda mi vida. No podía apartar la vista del arma que sostenía la figura en la mano derecha. “Hasta acá llegué”, pensé, y cerré los ojos.
-¿Por qué mierda volviste? Ahora vas a empeorar todo. Mierda. Mierda.
Abrí los ojos y la vi parada al lado de mi puerta, insultándome a más no poder. “Está bien” pensé, y ni siquiera me fijé que me apuntaba con el arma.
-¿Te vas a quedar ahí sentado toda la noche como un pelotudo?- me gritó.
-¿Qué pasó? ¿Estás bien?
-Dejá de hacer preguntas pelotudas y bajá a ayudarme. No se porque mierda volviste pero ya estás metido en esto. O me ayudás con todo esto o te pego un tiro ahora mismo.
-No, pará, está bien, está bien. Voy a ayudarte, pero bajá la pistola esa que me pone nervioso.
De alguna manera supe que ella estaba tan nerviosa como yo y que no iba a hacerme daño. Eso y de que se alegraba que hubiese vuelto. Mientras bajaba miré hacia a la casa y vi los cuerpos tirados en el suelo. La miré esperando una respuesta, pero no obtuve ninguna.
-¿Este auto está a tu nombre?- me preguntó.
-No, se lo compré a unos gitanos en el sur.
-¿Algún papel, algo, te vincula a él?
-No, nada de nada.
-Bien. ¿Sabés usar un arma?
-Sí- mentí.
-Bien. Dejá el auto cerca de la casa y agarrá las pistolas de esos dos. Yo vuelvo en diez minutos. No hagas nada.
-¿A dónde vas?- le pregunté.
-No importa, en diez minutos o menos estoy de vuelta. Confiá en mí-. Y me sonrió de nuevo de esa manera.
-Está bien. Te espero- le respondí. Se subió a la Ranger y se fue por el mismo camino por el que llegamos.
Me puse a obedecer sus órdenes. Puse el auto donde antes estaba la camioneta y fui a buscar las armas de los tipos. Intenté no mirarlos a la cara, no quería saber quienes eran, pero me resultó imposible. El primero me la hizo fácil, el arma estaba tirada junto a él, encima de un cigarrillo aún prendido. “El fumador”, dije en voz alta. El otro estaba a unos metros del primero, y no le veía el arma por ningún lado. El tipo la tenía todavía enfundada detrás de él. Agarré el cuerpo muerto con ambas manos y lo voltié. Vomité. El arma estaba ahí, sujeta al cinturón todavía. La agarré y me alejé de ahí. Volví a vomitar.
En ese momento no me di cuenta de un detalle que ahora me parece importante. A los dos los mató con un disparo certero al corazón. Y por las muecas que se veían en sus rostros, no fueron muertes limpias; ambos sufrieron antes de morir.
No se cuanto tiempo había pasado, nunca he usado relojes ni me interesa saber la hora, pero mientras estaba sentado en el baúl del Mégane, de espalda a la casa (y a los cuerpos), me pregunté si ya no habrían pasado los diez minutos. ¿Dónde mierda fue esta mina? ¿Por qué no llegó aún? ¿Me habrá engañado y huyó en la camioneta? Los segundos transcurrían y mi cabeza iba a mil. ¿Lo planeó todo mientas la traía o se le ocurrió así de repente? ¿Dónde mierda está? ¿Quienes son estos tipos? ¿Los habrá matado en defensa propia? ¿Vino hasta acá para matarlos? Esta se fue a la mierda y me encajó los muertos a mí. ¿Por qué mierda no está acá? Ya debieron de pasar más de diez minutos. Mierda. Caí como un pelotudo. Me cagó y me cagó bien cagado. Mierda, me pasa por pajero. ¿Pero por qué mierda no llegó todavía?
Estaba a punto de reventar cuando un camión sisterna entró en la hacienda. Llevaba las luces apagadas, pero el motor tronaba de cagarse. Me pegué un susto del carajo. Estaba tan ensimismado en mis pensamientos que no lo oí llegar. Se estacionó frente a mí, y sin apagar el motor, bajó ella de la cabina.
Sin darme explicaciones de porque se había tardado tanto (tal vez porque no lo hizo y era sólo el miedo lo que me hizo desesperarme; el miedo y quizás el hecho de no volverla a ver) me ordenó sacar el Mégane de allí y dejarlo cerca de la tranquera.
-Las llaves las debe tener el gordo ese- me dijo, señalando al fumador.
Como temía, las llaves no estaban en el auto, así que me vi obligado a revisar el cuerpo. Hice todo el esfuerzo que pude para no vomitar, pero no lo logré, salvo que esta vez sólo hice arcadas y tan sólo saliva salió de mi boca. La miré totalmente rojo de la vergüenza, pero ella sólo sonrió y siguió con lo suyo. Dejé el auto pasando la tranquera, en el camino de entrada, y volví para ver en que podía ayudar. Ahora que lo pienso, jamás se me ocurrió huir de allí en ese momento. Ella estaba mojando los cuerpos con el líquido que cargaba el camión, pero no fue hasta que llegué cerca de los cuerpos que sentí el penetrante olor a gasolina.
-Subí los cuerpos a tu auto mientras yo echo el resto en la casa. No hay mucho pero va a alcanzar.
-¿Pero qué…?- llegué a decir, pero ella ya se había metido adentro de la casa con la manguera desenrollada del camión.
“Esto es una locura. Esto sólo pasa en las películas”, recuerdo que pensé.
Reuní todo mi valor para volver a agarrar los cuerpos y meterlos dentro de mi auto. Esta vez no hubo ganas de vomitar ni arcadas, supongo debido a que el olor de la gasolina tapaba el de la sangre. Subí el primero de los cuerpos (el fumador) del lado del acompañante, y noté que mi coche estaba totalmente impregnado con combustible. Al empezar a mover el segundo cuerpo, ella salió de la casa, y al ver que yo aún no había terminado con mi tarea, se acercó a mí y agarró el cuerpo de uno de los brazos y entre los dos los subimos al vehículo.
-Ayudame a empujarlo- me pidió, pero al ver mi cara de “no entiendo”, aclaró: Pongamosló ahí junto al camión.
Empujamos mi auto entre los dos (ella lo maniobraba) y lo pusimos al lado del camión, con la trompa apuntando a la sisterna.
-Ahora vámonos- me dijo y se dirigió al camino de entrada. Cuando llegamos a la tranquera, ella rodeó el Mégane por el lado del acompañante y me dijo: Manejá vos.
Me subí al auto y lo puse en marcha.
-Esperá- me pidió antes de arrancar. Sacó la mitad de su cuerpo por la ventanilla, su arma en la mano, y disparó contra el camión. No pasó nada. -La puta madre, en las películas siempre sale de una- se quejó. La segunda vez la vi apuntar mejor, y después del sonido de su arma, llegó una explosión mucho mayor. Giré para ver y el camión y mi auto y los cuerpos dentro de él estaban ardiendo en llamas. Segundos después estaba ardiendo la casa también. Se metió en un solo movimiento de nuevo en el vehículo y levantando la voz me ordenó: Ahora sí, vámonos. Lo más rápido que puedas.
-¿A dónde?- le pregunté cuando salimos de nuevo a la carretera.
-A cualquier lado. Ya no importa.
Me dirigí de nuevo para la ciudad. Ya habíamos atravesado la mitad de ésta cuando empezaron a sentirse los ruidos de las sirenas. Había poco movimiento en las calles y el silencio era casi absoluto, así que las escuchamos por un largo rato.
-¿Creés que va a funcionar?- le pregunté.
-¿Qué cosa?- dijo ella.
-Lo de recién, qué otra cosa. ¿Creés que la policía se trague que fue un accidente?
-A la policía tal vez la logremos engañar por tres o cuatro días, suficientes para desaparecer. Pero a Carlitos seguro que no. Roguemos para que no nos encuentre.
-¿Carlitos? ¿Quién es Carlitos?
-Es mejor que no lo sepas- y se recostó contra la ventanilla, los ojos vidriosos, la mirada perdida, y no dijo más nada. Yo tampoco le pregunté algo más.

Tengo que aclarar que ella nunca me dijo mucho sobre su vida. Lo poco que se de ella lo saqué de un par de conversaciones que tuvimos en la cama, o borrachos, y ciertas charlas y discusiones que sostuvo con Migue y que yo llegué a escuchar. Su nombre es Lorena, como ya dije antes, pero yo aún no lo sabía cuando sucedió lo que acabo de narrar. Lo supe recién a la mañana siguiente, después de haber hecho el amor con ella toda la noche. Pero me adelanto a los hechos. Mi intención ahora es tratar de aclarar todo lo que sucedió el día que la conocí, con la poca información que pude obtener. Lorena es “dealer”, vende y distribuye drogas, sobre todo cocaína, para un narco colombiano, Carlitos. En el momento que la recogí con mi auto en la ruta, se dirigía a encontrarse con unos enviados de Carlitos, DeMarco y Mattiassi (el fumador), para explicar porque no había depositado el dinero de la última entrega (aún no sé de cuanto dinero se trata ni que hizo con él). La reunión era en la estancia de DeMarco, que también servía como depósito, y al quemar la casa también quemó varios kilos de cocaína (me pareció escuchar la palabra “cientos”) y una gran cantidad de éxtasis, que estaban listos para ser distribuidos en la costa. Al parecer Lorena debía presentarse sola y con el dinero, y al verla llegar acompañada y con las manos vacías, decidieron eliminarla allí mismo, pero ella fue más rápida y efectiva. Supongo que si los narcos hubiesen tenido éxito, yo también sería pasto para los gusanos en este momento. No lo puedo asegurar, pero creo que ella fue a esa reunión con la intención de hacer lo que hizo, la hubiese acompañado yo o no. Creo también que la intención de ella es salirse del negocio, pero sabe que va a ser difícil librarse de Carlitos. Además Migue, que también trabaja para el colombiano, tiene los mismos deseos de abrirse del negocio, pero al parecer para montar su propia red de distribución, y quiere que Lorena lo acompañe. Por cierto, Lorena y Migue fueron pareja hace unos años, una relación larga al parecer, y él está dispuesto a reconquistarla a cualquier precio.

Continúa acá…

Published in: on 27 diciembre 2006 at 16:58  Dejar un comentario  

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