Uno que trae cola (3ra Parte)

III

“No me sirven las palabras, gemir es mejor”

Canción animal – Soda Stereo

Se hizo de noche ya y nos dio hambre. Migue salió a comprar algo de comer. Al salir, cerré bien la puerta y le puse traba. Lorena insistió en que ponga una de las camas tras la puerta. No pude negarme. Al irse Migue la tensión que había entre nosotros aflojó un poco. Ella se sentó a mi lado (tiene la cabeza apoyada en mi hombro en este momento) y se puso a leer mis notas. Cada tanto suelta una risita, o me dirige una mirada, pero no ha dicho nada. Me pregunto si vale de algo tanta espera. Miro a Lorena y encuentro la respuesta enseguida: sí.

Llevábamos alrededor de dos horas viajando cuando divisamos las luces de la siguiente ciudad a lo lejos. Esto debió haberla sobresaltado porque salió de su estupor y empezó a revolver frenéticamente su bolso
-¿Se te perdió algo? -le pregunté, sin esperar respuesta alguna, más que todo para romper el silencio.
-¿Tenés cigarrillos? – me respondió, sorprendiéndome. -Me dieron unas ganas terribles de fumar.
-No, no fumo -respondí, maldiciéndome por no poder satisfacerla en ese deseo. La verdad es que nunca he fumado en mi vida, salvo marihuana en mi juventud y ocacionalmente ahora. Mi abuelo paterno me hizo prometérselo. Él fue fumador toda su vida, y pasó sus últimos años con nosotros teniendo que hacerse nebulizaciones cada 6 horas y cargando un tubo de oxígeno porque sus pulmones estaban destruidos. Pero a pesar de todo esto siempre tenía su 47/70 prendido en la mano. Una vez me dijo: “Prometeme que no vas a ser tan boludo como yo. Prometeme que jamás vas a fumar uno de estos.” Y yo se lo prometí y hasta ahora nunca falté a mi promesa.
-No importa -me dijo ella. -Este es el auto de Mattiassi. Debe de haber alguno por acá -y se puso a revisar la guantera. No había ni un cigarrillo, pero encontró ahí los papeles del auto y los guardó en su bolso. Al ver mi curiosidad por esto que acababa de hacer me dijo: Los voy a quemar después de deshacernos del auto. No quiero que nos rastreen.
Media hora después transitábamos la rampa de acceso a la ciudad. A nuestra izquierda, abajo, podía ver el reflejo de las estrellas en el calmado mar. Los muelles estaban vacíos (los barcos debían haber salido a pescar) y salvo las luces que iluminaban la costanera, no se veían muchas otras luces encendidas. Ella había seguido nerviosa todo este tiempo. Tamborilleaba sus dedos contra las rodillas, bajaba y subía la ventanilla del auto o revisaba de nuevo la guantera para estar segura que no había cigarrillos.
Entonces pasó lo inexplicable.
Ella se giró hacia mí y apartó mi brazo derecho del volante. Y en un solo movimiento se sentó sobre mis piernas, acercó su cara a la mía y me besó en los labios. Apenas tuve tiempo para sorprenderme cuando sentí como apretaba su entrepierna contra la mía. La sorpresa dio lugar a una exitación terrible y mi pene dio muestra inmediata de ello. Tomé el volante con ambas manos y presioné mi sexo contra el de ella. Ella empezó a mover su cadera, arriba y abajo, siempre presionando, primero en forma lenta y pausada y más rápido a medida que aumentaba nuestra exitación. Yo pasaba mi mirada de la ruta a su boca y otra vez a la ruta y de ahí a sus ojos y otra vez a la ruta y otra vez a sus boca. Estaba nervioso, asustado y terriblemente exitado. De a ratos la besaba, de a ratos le acariciaba la cola o las piernas con una de mis manos. Cuando empezó a jadear apoyó su frente en la mía y acercó su boca a mi boca, ambas respiraciones entrecortadas, yo respirando su aliento y ella el mio. Segundos antes del clímax sentí como apretaba sus muslos contra mi cadera y que la presión de su entrepierna aumentaba y la apreté contra mí con mi mano libre y presioné con todas mis fuerzas con mi pene. Llegamos juntos al orgasmo. Ella hizo a un lado su cabeza y me mordió en el cuello. Seguimos apretándonos un rato más, a medida que mi pene se relajaba, y después ella volvió a sentarse en su asiento, sólo que esta vez se apoyó contra mi hombro y abrazó mi brazo con los de ella. Nos miramos a los ojos, nos volvimos a besar, y yo seguí manejando. Ella cerró los ojos y se durmió.
Es difícil precisar que sentí en ese momento. Por un lado estaba la sensación de haber cometido un terrible error y por el otro el deseo de que ese momento sea eterno, de que ella estuviese para siempre a mi lado. Y no fue hasta un par de horas después, cuando acabamos de hacerlo otra vez, que me di cuenta que significaban ese nudo en el estómago y ese sabor en la boca que me quedaron después de lo del auto, y que ahora se repetían en una cuarto de hotel. Recuerdo una conversación que tuve con un amigo varios años atrás. Él me preguntó a cuántas de las mujeres con las que había tenido relaciones hasta entonces había amado. Ninguna, le respondí. “Entonces vos nunca hiciste realmente el amor con una mujer”, me dijo. “Si hasta diría que sos virgen”, agregó. Yo le dije que no entendía la diferencia. “Cuando realmente hagas el amor con alguien, vas a notar la diferencia”, terminó diciéndome. Y ahora creo que esa experiencia en el auto fue la primera vez que hice “el amor” con alguien. Me causa gracia pensarlo. Perdí la “virginidad” con los pantalones puestos.
Una media hora después de que ella se durmió llegué al final de la rampa y disminuí la velocidad para entrar en la ciudad. Esto debió haberla despertado (si es que en realidad dormía) ya que se incorporó en su asiento. Empezó a indicarme las calles que debía tomar, y después de dar unas vueltas me pidió detenerme.
-Agarrá las armas y las llaves del auto -me ordenó mientras ella recogía su bolso y bajaba del auto.
-¿Lo vamos a dejar acá? -le pregunté al ver lo oscuro y peligroso que parecía el lugar.
-Ajá -asintió. -Esta es la zona más pobre de la ciudad. Para cuando amanezca ya lo van a estar vendiendo como autopartes y repuestos.
Empezamos a caminar, uno al lado del otro, por una calle que daba al mar unas quince cuadras más adelante. Al pasar frente a un sitio baldío donde unos tipos se calentaba con el fuego que salia de un tacho de metal, me pidió las llaves del auto y las arrojó junto a los papeles al fuego. Se quedó unos segundos más para comprobar que ardieron y volvió junto a mí. Seguimos caminando, siempre ella a mi lado, siempre en silencio.
Después de haber caminado unas veinte cuadras se detuvo frente a un hotel, a una calle de la costanera.
-Andá a comprar algo para comer y para tomar, que tengo un cráter en el estómago -me pidió. -Mientras, yo me registro en este hotel. Preguntale al encargado por la habitación -y entró al edificio. Estaba decidiendo que dirección tomar cuando ella apareció de nuevo y me dijo: Ah, no te olvides de traerme cigarrillos -y me sonrió.
Encontré un autoservicio 24 Hs. abierto a tres cuadras del hotel. Compré una bolsa grande de papas Lay´s y otro de chizitos. No había otra cosa para comer. Como no sabía que le gustaría tomar, compré un pack de cervezas, una caja de vino y una Coca Cola de 2 litros. Tampoco sabía que marca de cigarrillos fumaba, así que compré los más vendidos en los países tercermundistas: Marlboro.
Regresé al hotel y el encargado, un gordo de musculosa y varios tragos encima, me señaló la habitación 301. Subí la escalera y llamé a la puerta de la habitación. “Ya voy”, me gritó ella desde adentro y abrió un minuto después, envuelta en un toallón. “Me estaba duchando” dijo mientras yo entraba. Tenía aún los cabellos mojados y una gota de agua corría por su pierna desnuda y se depositaba en el suelo. Tuve una erección.
Cuando salió del baño (ya vestida), yo ya había dispuesto la comida sobre la mesita del cuarto.
-La cena esta servida -le dije, y me sentí como un estúpido.
-Uy, ¿qué trajiste para comer? Olvidé decirte que soy vegetariana.
-Es todo lo que conseguí. Espero que no tengas nada contra las papas fritas sabor a pollo.
-Me parece que me conformaré con los chizitos -dijo, y se puso un puñado en la boca.
Comimos, nos tomamos las cervezas, y después ella mezclo el vino con la Coca Cola, y nos tomamos eso también. No es que hayamos bebido mucho, pero la mezcla y la poca comida, sumados a los nervios que traíamos a causa de lo que pasó esa noche, hicieron su efecto y terminamos los dos ebrios. No hizo falta cruzar palabras, apagué la luz y me acosté junto a ella.
Al día siguiente llegó Migue.

Continúa acá…

Published in: on 1 enero 2007 at 16:55  Dejar un comentario  

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