Ocho de kalimocho

Ya no recordaban el color de las cosas. Hacía un buen tiempo ya en que sólo veían las cosas iluminadas por la luz amarillenta de la única lámpara de la habitación, que le daba un aire mortesino a todo lo que alumbraba. Su único contacto con el exterior era un agujero echo en la puerta. Comida, alcohol, drogas; todo entraba por ahí, y por ahí salía también el billete para los gastos. ¿Cómo se llamaba su proveedor? Tampoco lo recordaban. Gran Jefe, Don Viejo, Don Jefe. Podía ser cualquiera de esos. O quizás fuese otro, ya no importaba. Todos los días recibían su pedido y él todos los días recibía su dinero. Trato hecho. Operación realizada. Hasta mañana, que tengan buenos días.

Papas en guiso, papas aborrajadas, papas fritas.

Cerveza, vino con coca, aguardiente.

Cigarrillos, marihuana, cocaína.

Todo pasaba por ese agujero en la puerta. Todo menos la luz del sol.

El cuarto tendría unos siete metros cuadrados. Dos camas, una mesita, una silla. Y nada más. Cuatro paredes, cada pared con un cuadro. Jóvenes divirtiéndose, un catálogo de escopetas y rifles Beretta, un repaso de las Harley-Davison según las distintas épocas y una pintura horrible de unos soldados a caballo y una mujer obsequiándole flores. Ella había colgado algunos otros detalles para “ponerle onda” al cuarto, como había dicho uno de sus compañeros, pero hacía tanto de eso que ya no le encontraban nada de “onda” a esos detalles.

Cada tanto sacaban afuera la basura. “El muerto” la llamaban. En bolsas de plástico metían las cajas de vino, las botellas de aguardiente, los kilos de papel higiénico que gastaban, las cagadas, los vómitos. En las botellas de cerveza metían el orín. Si algo caía al piso, lo limpiaban con el papel y ya. El suelo estaba alfombrado por capas de alcohol, vómitos, meadas y cagos que habían limpiado de esa forma. El olor era insoportable, pero sus fosas nasales ya se habían acostumbrado y no sentían nada de nada. Y si llegaban a oler algo desagradable prendían un palo santo y asunto resuelto. Pero no hacían esto muy seguido. La marihuana inundaba el todo el tiempo el cuarto con su humo dulce y la cocaína tapaba sus narices con nieve blanca y pura.

No estaban solos en la habitación. Además de ellos dos y de ella había alguien más acompañándolos. La ratita. No, la Ratita. ¿Realmente la habían visto? El primer día, cuando llegaron, cuando todo era distinto, sí. Allí estaba. Salió de debajo de una cama, pasó por sobre el pie de uno de ellos y desapareció bajo la otra cama. Después nunca más volvieron a saber de ella. Pero los tres sentían su presencia allí en el cuarto.

Seamos sinceros. La vida se les fue de las manos. Ellos lo sabían, lo habían notado a tiempo, pero no hicieron nada para evitarlo. ¿Pero fue realmente su culpa? Seguramente el hotel y sus habitantes tuvieron mucho que ver.

Estaba Neo, alguna vez llamado “el elejido”, con su fanatismo católico y su amor por España y todo lo referente a los españoles. Decía que lo mejor que pudo pasarle a América fue ser conquistada por España, porque ellos trajeron la verdadera religión a estas tierras. O que los reyes españoles eran los enviados de Dios en la Tierra y los de Inglaterra los del Diablo, y que por esta razón los españoles son el pueblo elejido.

Otro de los habitantes del hotel era el Petizo, un ser chiquito y melenudo, que se decía a sí mismo artesano y malabarista, pero jamás demostró ser lo uno o lo otro. En condiciones normales era un buen sujeto (sobre todo si uno hacía oído sordo mientras hablaba), pero generalmente estaba tan pasado de cocaína o alcohol, que en ese estado se convertía en alguien más insoportable y molesto que una mosca en una tarde de verano, salvo que apenas un poco más grande que ésta.

También habitaba el hotel Don Conforti, un viejo artesano que llegaba todas las noches tan ebrio que iba rebotando entre las paredes del pasillo hasta su habitación, insultando a cualquiera que se cruzase en su camino.

Y que decir del resto de los habitantes del hotel. El Viejo del Baño, que se la pasaba yendo de la habitación al baño y del baño a la habitación, todo el tiempo. O el Viejo del Café, al parecer uno de los pocos normales dentro del recinto, si uno ve como normal prepararse veinte termos de café al día. Estaban también los Niños Alcoholicos, un grupo de tres o cuatro adolescentes que bebían y se drogaban durante todo el día. Y a todo esto sumemoslé que todas las “chicas” del cabaret de la cuadra dormían en el hotel.

Pero entonces, ¿por qué no salían, se desprendían de ese ambiente, buscaban nuevos aires en la calle?. Lo intentaron, más de una vez, pero lo que había afuera no era mucho mejor que dentro del hotel.

Cada vez que salían se encontraban con Pokerman o Gafitas, un tipo que se la pasaba bebiendo cerveza y hablando de plata, de “hacer las lucas, parse”. O una mujer a la que simplemente llamaban la Borracha. O el tacaño, el avaro, la rata de la tienda y tantos otros ápodos del mismo estilo con el que llamaban al dueño de la tienda en la que solían comprar sus cosas, que a pesar de haber sido sus clientes durante mucho tiempo jamás les descontó siquiera 100 pesos. Y también estaban el Hombre Lobo, el Negro, las Pesebreras y tantos otros personajes que hasta resulta razonable que hayan querido aislarse de ese mundo. Pero como suele ocurrirle a aquellos que desean separase, diferenciarse de algo o alguien, terminaron convirtiéndose en aquello de lo que deseaban escapar.

Ya no distinguían el color de las cosas. Pero a medida que la luz se hacía más tenue dejaron de distinguir las formas. Todo pasó a ser borroso. Las cosas se distorsionaban y parecía que abandonaron el mundo tridimensional para pasar a uno de dos dimensiones, donde todo se reducía a lo que estuviese al alcance de sus manos. Y así siguió pasando el tiempo. Los días dieron lugar a las semanas. Las semanas se convirtieron en meses. Y a ellos sólo les importaba una cosa: que por ese hueco en la puerta entrase otra bolsa con ocho de kalimocho. Sólo eso. Ocho de kalimocho. Ocho de kalimocho…

El inspector Gutierrez Alvareda cree que lo están bromeando. Alguien va a pagar por esto. Si lo que está frente suyo es la escena de un crimen, bien él podría ser bailarín del Bolshoi.
-Agente Uribe, ¿podría explicarme toda esta vaina?
-Inspector, recibimos una llamada del dueño de este hotel, avisándonos que temía que tres personas hospedadas aquí hubiesen muerto en su habitación.
-¿Y ésta es la habitación?
-Así lo asegura el propietario, señor.
-Pero aquí no hay nada de nada, agente. No hay cuerpos, no hay señales de violencia, nada. Parece que a la habitación la hubiesen limpiado puesto en orden hace una hora.
-Sin embargo el dueño afirma que las tres personas no salieron de esta habitación en, por lo menos, los últimos ocho meses.
-¿Y no pudieron irse así como así, sin avisar a nadie?
-Imposible, señor. La puerta estaba cerrada por dentro, y no hay otra entrada a la habitación salvo el agujero practicado en la parte inferior de la puerta, y por ahí es imposible que pase una persona adulta.
-¿Y los dueños notaron algo raro después de entrar? ¿Algo fuera de lugar?
-Al parecer está todo igual al día cuando llegaron los sujetos desaparecidos.
-¿Ya tiene datos de ellos?
-Afirmativo, señor. Se trata de una pareja de españoles, de origen vasco, y de un joven argentino. Fuentes no oficiales vinculan al joven vasco con el ETA, pero todavía no hemos podido confirmar esto.
-Eso no estaba allí antes -Una voz grave y pausada interrumpió el informe del agente Uribe. Se trataba del Negro, el empleado del hotel, y señalaba un cuadro en la pared frente a la puerta. El cuadro en cuestión era una caricatura donde una rata estaba sentada en una banca pintando a su vez otro cuadro. En éste se podía distinguir claramente a tres jóvenes, dos hombres y una mujer, brindando alegremente y bebiendo algo que bien podría ser vino tinto con Coca Cola.

Poio
Cali – San Cristobal
Octubre 2.005, Enero 2.006

Anuncios
Published in: on 12 enero 2007 at 17:01  Comments (8)  

The URI to TrackBack this entry is: https://lacasadelpoio.wordpress.com/2007/01/12/ocho-de-kalimocho/trackback/

RSS feed for comments on this post.

8 comentariosDeja un comentario

  1. Este cuento nunca me gusto mucho. Lo escribí más que todo porque me lo piedieron, y tardé bastante es hacerlo. Incluso se notan a mi parecer las distintas etapas por la que pasó.

  2. ;)

  3. pero esta bueno!
    quizas podria pedirte que lo siguieras y le dieras otro final!.
    salute

  4. no creo, el final es lo unico que me gusta del cuento.

  5. A mí me gusta, tal como está.

  6. interesante mi querido watson…

  7. otras cosa,teines alguna especie de obsecion con las ratas? sera la rata lali?

  8. Bueno, el final me encanto.
    Me parece que lo entendi correctamente y sino me acabo de demostrar la potencia de mi imaginación, jja.
    Sigo subiendo…


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: