Uno que trae cola (Última parte)

Con esta entrega termina la odisea literaria que empecé hace unos meses, que me llevó por recuerdos y situaciones que creía olvidados. A medida que iba escribiendo el cuento fue tomando su propio rumbo, hasta terminar en esto, que dista mucho de lo que pensé en un principio. Espero que les haya gustado.

 V

“Quizás deba tomarme una revancha,
aún tenemos cuentas que saldar.”
No existes – Soda Stereo

Ya pasaron seis meses de mi encuentro con Lorena y Migue, y de ser una maldita pesadilla que no quería acabar, pasó a convertirse en una horrible realidad que terminó por consumirme, cuando hace tres días recibí un sobre anónimo en mi nueva dirección. Dentro del sobre encontré todas las anotaciones que había hecho el día del fatídico descenlace en aquel ya lejano cuarto de hotel y una nota que sólo decía: “Encontrémonos” y dejaba una direacción. Tenía que ser ella. Quién más, salvo Migue, se podría haber llevado mis escritos del hotel aquel día. Finálmente, después de tanto tiempo, la volvería a ver. Y entonces sí, me vengaría. Pero antes, mientras aún tenga fuerzas, relataré todo lo sucedido en estos últimos seis meses.

Ese día, después de cenar, Lorena y Migue habían consumido varias líneas de cocaína. No lo comenté en esa ocación para no ensuciar su nombre, pero ahora ya no tiene sentido seguir ocultándolo. Los dos se ponían hasta el moño con esa basura, y esa noche estaban más alterados que de costumbre, y el haber visto al hombre de Carlitos los puso más locos todavía. Lo último que recuerdo es que Lorena se acercó a mí y me dijo: “Lo siento, pero no hay otra salida” y levantó su arma y me disparó. La bala impactó en el hombro izquierdo. Unos centímetros más abajo y hubiese dado en el corazón y ahora estaría bien muerto. Quizás hubiera sido lo mejor.

Desperté dos días después en una cama de hospital. Tenía el pecho vendado y una bolsa de suero conéctada al brazo. Una hora después recibí la primera visita policial. Lo primero que pensé fue que me iban a achacar todo lo sucedido: los muertos, el incendio y vaya a saber que otras cosas más. Pero no fue así. Después de una semana de un ir y venir de policías y reporteros, la “versión oficial” de lo sucedido quedó así: fui víctima de un secuestro por parte de una pareja de delincuentes, que después de mantenerme en cautiverio por dos días en un cuarto de hotel, me dispararon y huyeron dándome por muerto. No recuerdo como surgió lo del secuestro, pero me aferré a esa idea y mentí lo mejor que pude para que tomara fuerzas. La prensa ayudó mucho, tenían una historia con todos los ingredientes para ser un éxito seguro: muertos, explosiones, secuestro. En cuestión de días Lorena y Migue se convirtieron en los nuevos Bonnie y Clyde, y yo ayudé a que la cosa crezca contando y haciendo público todo lo que conocía de ellos. Lo único que callé, por razones obvias, fue mi amorío con Lorena.

Pero el que acabó por poner la frutilla en la torta, y que hizo que todas mis mentiras fueran creídas por la policía, fue el dueño del hotel. Pablo Castro era su nombre. Siempre borracho como una cuba, tenía menos idea de lo que en realidad ocurrió que la policía, pero acosado por ésta, terminó declarando que las cosas ocurrieron como yo las contaba. Dijo que un día una mujer tomó una habitación y que minutos más tarde dos hombres pidieron por la misma pieza. Que después sólo uno de ellos (“el pelilargo narigón” lo llamaba) salía de la habitación, confirmando mi mentira de que Migue salía a hacer las rondas mientras Lorena se quedaba vigilándome. Y que unos días después oyó una explosión  y vio irse a la parejita sola, y como no le devolvieron las llaves, subió hasta la habitación y me encontró a mí sangrando en una esquina y entonces llamó a la policía.

Durante los diez días de estadía en el hospital me asaltaba todas las noches la misma pesadilla. Despertaba durante la noche y la veía a Lorena parada al pie de la cama, apuntándome, pero esta vez el disparo daba certero en el corazón. Entonces despertaba bañado en sudor y a los gritos, y los médicos decidieron sedarme durante las noches para que pudiera descansar. Otro miedo que me acosó esos días fue el que un día apareciera uno de los hombres de Carlitos, o incluso el mismo Carlitos, para obligarme a hablar y decir la verdad, pero esto nunca ocurrió. Una vez llegué a dudar de la existencia del colombiano, pero cuando le conté esta parte de la historia a la policía, no pudieron ocultar su satisfacción al oir su nombre. Cuando les pregunté si les sonaba ese nombre, me dijeron que llevaban más de cinco añor atrás del narco y no podían dar con él.

Durante los siguientes meses mi caso tomó una repercución nacional. Fui invitado a los programas  de televisión de la capital o me llamaban por teléfono tres o cuatro veces por semana. Por todas estas estrevistas cobraba cierto dinero, por lo que pude vivir relajado todos estos meses. El hecho de que nunca hayan dado con mis captores, ni que se hubieran registrado nuevos casos similares, hizo que gradualmente la gente y los medios de fueran olvidando de mí. Hasta que hace un mes y medio más o menos surgió el caso de los niños desaparecidos cuyos cuerpos se encontraron unas semanas más tarde con uno de sus miembros devorado a mordiscones. Las pericias mostraron que las mordidas las efectuó un ser humano, con los niños aún vivos. La prensa tenía ahora a un Hannibal Lecter suelto en las calles, y yo pasé de nuevo a la historia y el anonimato.

Hasta que hace tres días recibí el sobre. Sin dudarlo un segundo tomé la chaqueta y mi arma (la compré un mes después que salí del hospital, cuando me retiraron la custodia policial) y tomé un taxi hasta la dirección indicada. Era un antiguo almacén abandonado. La puerta estaba cerrada, así que la forcé y entré. Llamé dos o tres veces a Lorena pero nadie contestó. Avancé con cuidado, en la mano derecha sostenía el arma y la ocultaba bajo la chaqueta. Cuando llegué al fondo del almacén, frente a unas de las puertas que daban a lo que supuse las oficinas, escuché una voz detrás mio. “Hola, Lucas, tanto tiempo sin vernos.” Era ella, no había ninguna duda ya. El sarcasmo en su voz me hizo irritar más aún, y giré sacando el arma dispuesto a matarla allí mismo. Pero cuando la vi frente a mí, tan pequeña, tan fragil, tan hermosa, me paralicé y no pude hacer nada. “¿Por qué?”, llegué a preguntarle. “Ya te lo dije, no hay otra salida.” Y después el golpe desde atrás, el dolor recorriendo todo mi cuerpo y la oscuridad.

Recuperé la conciencia aquí mismo, en la más absoluta de  las oscuridades. Según el reloj (que compré después de llegar tarde a dos entrevistas en la televisión) habían pasado casi 40 horas. Y ahí noté el primero de los terrores: me han amputado los dedos índice y mayor de la mano derecha. Cuando intenté levantarme para salir de acá descubrí el segundo terror: me faltan ambos pies. Unos vendajes empapados en sangre cubren los muñones. La única fuente de luz que tengo es mi encendedor Zippo. Lo compré el día que empecé a fumar, el mismo día que compré el arma. Estoy encerrado en una habitación sellada a cal y canto, salvo por una escotilla que logro divisar en el techo, pero me es imposible llegar a ella en mi condición actual. Grité con todas mis fuerzas durante horas pero nadie ha venido a rescatarme, y dudo que lo hagan.

Y como si esto fuera poco, los malditos me jugaron una última broma. Junto a mí dejaron dos regalitos. Mis escritos junto a un cuaderno y un lapiz donde ahora estoy escribiendo el final de esta historia. Y algo más, el arma de Lorena. Con tan sólo una bala. Ya sè como voy a morir. Con un disparo certero al corazón.

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Published in: on 11 febrero 2007 at 22:34  Comments (10)  

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10 comentariosDeja un comentario

  1. :)

  2. Pero tendrás que tener cuidado al disparar, apuntarás bien sin dedos índice??

    Ains… qué macabros que soisss….

    ;)

    Muchas gracias por el enlace, a mi también me apetece linkearte!

  3. jajaja, no había pensado en eso… pero si pudo escribir todo eso sin esos dedos no creo que tenga problemas en matarse bien… y si eso no convence, entonces el chabón era zurdo ;)

  4. Dios, mmm, bueno esto es un poco viejo pero lo lei recien es fantastico.

    Chau.

  5. gracias, Topa. sobre todo por ponerte a leer los cuentos viejos :D

    sevemos

  6. Y seguire, los pienso leer todos. I promise!

  7. y aqui llegué hasta el final de la historia, muy buena esta vez el final no me sorprendió era de esperar algo así… o será que te voy conociendo un poco jajaja.

    besos lucas, digo poio !!

  8. la primera que llegó hasta el final!!! gracias, Nara, sos un amor :D

    sevemos

  9. Una tortura que siempre he soñado, y mira tú, la has hecho “realidad”. Ya ves llegué hasta el final. Definitivamente los narcos colombianos atizan la imaginación más cruel! Una atmósfera muy del sur, que me recordó una novela de Giardinelli que me encanta, Luna Caliente.
    Y síguele echando petróleo a tu zippo!

  10. No sé a cuál tortura te referís,Tajalápiz, pero si es a que te amputen dos dedos y ambos pies, dejá, paso :S

    Y por cierto, no tengo ningún zippo… no fumo.

    sevemos


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