Ya vendrán días mejores (Continuación)

Ya vendrán días mejores (Primera parte)

“Y si la ruta me va dejando sin aliento
será que un luchador nunca llegará a destino.”
Cuando vendrán – La Renga

Luciano Bagalone se dejó caer en el suelo y abrazando el cuerpo sin vida de su sobrino, lloró. No podía entender como le podía estar pasando esto. Y justo ahí lo sintió. Era como una precencia dentro de él, pero a la vez afuera, acechándolo. Alrededor de él la gente corría y gritaba debido a lo que acababa de suceder, pero él no veía ni escuchaba nada; sólo sentía la precencia del extraño, y lo que sentía no era nada bueno. Era maldad, y en estado puro. Y sin saber como, Luciano Bagalone entendió que la precencia que sentía lo estaba buscando y que si lo encontraba sería su final. Y entonces corrió, corrió como alma que lleva el Diablo, y a medida que corría, su mente siempre volvía a la misma imagen: la columna en llamas que vio en el accidente al otro lado del puente carretero.

Luciano Bagalone corre hasta que las fuerzas no le dan más. La precencia sigue sobre él, lo sabe, pero necesita descansar. Se esconde tras unos arbustos a la orilla de la ruta, y apenas cierra los ojos, queda profundamente dormido. Y sueña. Sueña con la precencia. En su sueño ve con los ojos de ésta, ve como llega hasta donde él está durmiendo, pero ella no puede verlo. Siente el enojo de la precencia la no poder hallarlo, y al final ve como, decilucionada, se marcha del lugar.

Cuando cayó la noche, Luciano Bagalone se seguía moviendo. Hacía horas que había dejado de correr, pero no de moverse. No sabía cuantos kilómetros había corrido, pero sí que la precencia seguía tras él. Pero sabía también que si no descansaba moriría allí mismo, de pie al costado de la ruta. A lo lejos vio el cartel luminoso de un motel. Perfecto. Estos lugares además de discretos, son económicos. Tomaría una habitación por un turno, lo suficiente para ducharse, lavar la sangre de la camisa y descansar un par de horas.

La recepcionista del motel era una mina que pretendía ser bonita bajo una tonelada de maquillaje. Como bien supuso Luciano, ni se fijó en el aspecto que llevaba y le dio las llaves de la habitación. Pagó por el turno (que le costó más de la mitad del dinero que llevaba encima) y pidió que despertasen cuando terminase. Cuando entró en la habitación, lo primero que hizo fue ir al baño y quitarse la camisa. La metió en el lavabo, lo llenó de agua y la frotó con uno de los jabones de hotel que había. Mientras dejaba la camisa en remojo para ablandar la sangre, se duchó. Quince minutos después salió de debajo del agua, refregó la camisa, la enjuagó y la dejó colgada para que se seque algo. Todavía envuelto en la toalla, se dejó caer sobre la cama y se durmió en el acto. No tuvo sueños esa noche.

Cuando despertó notó que tenía todos los músculos entumecidos. Pensó que se debía al esfuerzo que realizó el día anterior, pero los sentía más como si hubiese dormido por días en la misma posición. Fue al baño a buscar su ropa y se encontró con que la camisa estaba completamente seca. La boluda de la recepción se había olvidado de despertarlo. Se vistió lo más rápido que pudo y, después de orinar, se acercó al lavabo para lavarse la cara. Cuando se vio al espejo la notó de nuevo, la precencia seguía allí, y era como si viera a través de sus ojos. Ahora ella sabía donde estaba, tenía de nuevo el rastro de su presa y volvía otra vez tras él. Salió corriendo de la habitación dispuesto a alejarse lo más que pudiera de su perseguidor, pero al llegar a la recepción se detuvo en seco. La mujer con una tonelada de maquillaje estaba tirada en el piso, muerta, con dos agujeros de bala en el pecho. La caja registradora estaba dada vuelta y sólo se veían algunas monedas en el suelo. Alguién asaltó el motel durante la noche. En fin, la recepcionista no se olvidó de despertarlo, no tuvo la oportunidad. Luciano Bagalone se alejó del motel sin mirar nunca hacia atrás.

La precencia le pisa los talones. Se ha acercado demasiado a él y si no hace algo ya, lo va a atrapar. En algún lado comienzan a sonar unas campanas. Mira en esa dirección y ve el campanario de una iglesia. Corre hacia allí y al llegar se mezcla entre las personas que van misa. Entra al edificio y a los empujones se adelanta a la gente y se sienta en la primera fila de asientos. Minutos después siente una corriente de aire helado a su espalda; su perseguidor ha entrado en la iglesia. Y en ese momento la conección se rompe. Esta es la oportunidad que esperaba. Se pone de pie y pasa por el costado del altar hacia la parte trasera de la iglesia. Encuentra una puerta abierta y sale de nuevo al exterior. Al menos por el momento está libre de la precencia. Es hora de poner nuevamente distancia con ella.

Durante horas vagó sin rumbo. De a ratos sentía la precencia acercándose y entonces echaba a correr. Necesitaba encontrar un lugar seguro donde parar un tiempo para cambiarse y comer algo. No podía ir a su habitación en la pensión, ese sería el lugar más obvio donde buscarlo. Además temía que la policía lo estuviese buscando también; al fin y al cabo todos sus familiares más cercanos habían muertos y había un montón de testigos que lo vieron huir del lugar. Sin mencionar que en el motel donde pernoctó había una mujer muerta y cientos de pruebas de que él estuvo allí esa noche.

Su vagabundeo lo llevó hasta una iglesia. Hacía poco más de una hora que había terminado el servicio dominical y no había nadie dentro de ella, pero las puertas seguían abiertas. Algo dentro suyo, algo así como un pálpito, o quizás un recuerdo, le decía que entrase. Hacía años que había dejado de ir a la iglesia, desde el accidente que se había llevado a sus padres y su abuela materna, pero eso que lo animaba a entrar allí era fuerte.

Al fin se decidió y entró. Era una iglesia modesta, de barrio, toda construida en piedra y techo de madera y supuso que debía de tener algo menos de 100 años de antigüedad. Sin saber bien que hacer, caminó a lo largo de la sala y se sentó en el asiento más próximo al altar. Se puso a pensar en cuales serían sus opciones ahora, pero de golpe sintió como si un tren le pasara por encima; su perseguidor lo había encontrado y estaba muy enojado con él por haber entrado en la iglesia.

Luciano corrió hasta un confesionario y se escondió en él. En una de las paredes laterales se abrió una ventanita y le llegó una voz amable:

-En que puedo ayudarte, hijo- dijo la voz.
-¿Quién es? ¿Es usted el cura de la iglesia?
-Así es, hijo. ¿Has venido a buscar el socorro de Dios?
-Socorro de Di… – empezó a repetir Luciano cuando otra voz, por completo ajena a ellos. pero por demás familiar, le habló dentro de su cabeza: “Este sería un buen escondite si tuvieras algo de fé. Pero hace años que la perdiste.” Luciano Bagalone se acercó a la ventanilla por la que hablaba el cura y le pidió, no, le suplicó: Padre, por favor, confiéseme.

Continúa acá…

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Published in: on 13 marzo 2007 at 17:26  Comments (3)  

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3 comentariosDeja un comentario

  1. ¿Y el párroco estará obligado a guardar el secreto de confesión?

    Lo dejas en un punto emocionante, hum…

    (Pobre recepcionista, encima de llamarla fea, te la cargas)

  2. ¡Uy!

    ¡Un besito, que se me olvidaba!

  3. Yo no dije que fuera fea… dije que era linda tras una tonelada de maquillaje. Hay muchas que hacen carrera en cine y televisión asi :P


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