Al final los mato a todos

Siguiendo la onda retro (prometo empezar a subir cosas nuevas a partir de la semana que viene), vuelvo a postear este cuento que resulta ser el primero que escribí (si no cuento los de las clases de Literatura en la escuela). Además tiene la particularidad de ser la primera aparición de Luciano Bagalone, razón por la cual se lo quiero regalar a la mujer que visita todas las noches.
Las frases que aparecen en “cursiva” pertencen a la canción “O tal vez peras”, aparecido en un número de La Piedra en el Zapato.

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Ya no me importa lo que piensen. Pueden creer que estoy todo lo loco que dicen los médicos, pero les aseguro que no miento. Todo pasó tal cual lo conté. No inventé nada de lo que dije. Y aunque quieran distorsionar la verdad alegando que estoy loco, nadie podrá hacer nada al respecto. Los dos están bien muertos. Y si revivieran los volvería a matar. Para eso fui elegido y no me arrepiento de haberlo hecho.

-Paremos a descansar un rato -dijo Matias a sus dos compañeros. Matias Bagalone, su hermano Luciano y Gonzalo Alvarez, un amigo en común, habían pasado los últimos tres días acampando a orillas del dique La Quebrada. El último día, un domingo, despertaron pasadas las cuatro de la tarde a causa de la borrachera que se habían alzado la noche anterior con una resaca de campeonato. Después de haber caminado dos horas para cruzar la ciudad de Río Ceballos para llegar a la ruta y encontrar alguien que los recogiera y los llevara hasta Salsipuedes, la cabeza le martilleaba con sordos golpeteos rítmicos, tan fuertes que se sorprendía de que los otros no lo oyeran.
-Dejá de joder, Gordo -respondió su hermano-. Estamos sólo a 6 Km. de casa y ya son las ocho y media. En media hora no va a haber más luz y ahí si que no nos levanta nadie. ¡Miren la pinta de delincuentes que llevamos! -añadió con una carcajada.
-Tiene razón tu hermano, Luciano -terció Gonzalo-. Ya caminamos como culiados y además me estoy meando… y creo que si sigo voy a vomitar.
-Ma´ sí, hagan lo que quieran, yo voy a ver si alguien para. Pero no los voy a esperar, así que estesen listos -dijo Luciano y cruzó al otro lado de la ruta para hacer dedo.
-Siempre tan ortiva vos, ¡eh! -terminó diciendo Matias y dirigiéndose a Gonzalo: Sentémonos en esa obra de ahí, de paso nos fumamos uno adentro donde nos nos vea nadie.

Se encontraban justo en la entrada a Río Ceballos. Una plazoleta triangular sirve como punto de reunión entre la ruta E-53 y la avenida que entra en la ciudad, teniendo como vértices inferiores los tramos de la ruta que van hacia Córdoba uno y hacia Salsipuedes el otro, y a la avenida Remedios de Escalada en el superior. Las luces de la fuente ya estaban encendidas, por lo que una brillante danza de chorros de agua enmarcaban el enorme cartel de letras azules que rezaba “Bienvenido a Río Ceballos”. Un conjunto de arbustos y flores de todos los colores terminaban por cerrar el espectáculo.
“Si se habrán engendrado pibes bajo esas luces” pensó Luciano mientras apuraba el paso para ver si podía agarrar una Ford azul que iba hacia Salsipuedes. Como bien había supuesto, la camioneta pasó de largo sin prestarle atención, así que caminó hasta ubicarse de manera tal que también agarrara a los vehículos que salían de Río Ceballos, ya que estos venían más despacio y no tan velozmente como los que venían desde Córdoba.
Luciano dirigió su mirada hacia la construcción donde se habían dirigido sus compañeros. Era una casa sencilla, de una sola planta, techo plano y paredes sin revocar. Dos ventanas daban a la calle, una de cada lado, separadas por un pequeño hall, donde se divisaba tan sólo una puerta del lado derecho. Las aberturas no tenían carpintería y se podía ver dentro de la casa.
Mientras hacía esta inspección, tratando de divisar a sus amigos, un movimiento en la casa continua llamó su atención. Una mujer caminaba sobre el jardín que separa ambas viviendas. Se dirigía hacia la parte trasera y llevaba el torso desnudo, cubierto sólo por una larga cabellera rubia. Un pareo de color claro la cubría desde la cintura hasta las rodillas, pero a duras penas lograba cubrir su hermoso trasero.

“¿Y esto de dónde salió?”, pensó Luciano. “¿Cómo no la vi antes?”.

Los chorros de agua de la fuente dificultaban su visión, por lo que se iba corriendo a medida que la mujer avanzaba para poder apreciarla mejor. Como si alguien allá arriba hubiese escuchado sus pensamientos, el pareo se le enredó entre las espinas de un rosal y dejó a la bella aparición completamente desnuda. Al girar para recuperar la prenda, pudo notar que no sólo de atrás era perfecta. Tenía perfectos y redondos pechos, no exageradamente grandes pero si suficiente como para despertar todo tipo de pasión, coronados con dos rosados pezones, como si de frutillas sobre una torre de cremas se trataran. El vientre plano, la pequeña cintura y el sexo todo depilado terminaban por enmarcar un cuadro soñado.
La joven, porque no debía de pasar los 23 años, al recoger la prenda notó la presencia de Luciano al otro lado de la calle y sostuvo su mirada durante unos segundos, para luego dedicarle la sonrisa más encantadora que vio en su vida, mezcla de reproche e invitación. Después le volvió a dar la espalda para seguir con su recorrido inicial, esta vez con el pareo colgado sobre su hombro izquierdo y sosteniéndolo con la mano del mismo lado. Luciano la siguió con la mirada, todavía sin creer en lo que veía, hasta que las sombras del fondo de la vivienda terminaron por ocultarla.
“Esto lo tienen que saber los chicos”, y salió corriendo para avisarle a sus amigos, aunque en el fondo lo que quería era arrimarse más a la casa para ver si podía divisar de nuevo a la mujer. estaba ya en el camino de entrada de la casa en la que se refugiaron sus dos compañeros, pensando en lo que se perdieron de ver por fumarse un faso, pero su atención no estaba centrada en la obra sino en la casa contigua… y en su bello habitante.
Al ingresar al hall de la bienvenida de la casa, bajó el picaporte de la puerta azul de chapa

“¿No era qué no tenía puerta la entrada?”

e ingresó en la casa. Aquel fue su último pensamiento cuerdo.

La sala debía tener unos tres metros de lado, paredes blancas y estaba iluminada por un solo foco en el techo. La ventana a la calle estaba decorada con cortinas verdes a lunares azules y colgaban de un caño de bronce salpicado con revoque. Había otra ventana en la sala, justo al frente de la puerta de entrada y con las mismas horribles cortinas verdes, que daba a la casa del lado, la casa de la belleza desnuda. Sobre la pared del fondo, un pasillo oscuro se adentraba hacia las demás habitaciones de la casa.
Una mesa rectangular servida con siete u ocho platos dulces diferentes estaba apoyada contra la pared que daba a la casa contigua. Bajo la ventana a la calle un desvencijado sillón forrado en lona gris era todo el resto del mobiliario. No había cuadros ni adornos colgados en las paredes.

-Servite un poco de este dulce -le dijo Gonzalo-. ¡Está espectacular!

Su amigo le señalaba un pote con un mejunje que a primera vista parecían higos partidos

“O tal vez peras”

mezclados con caramelo líquido. Lo untaba en trozos de pan y lo comía con grandes bocados. Su hermano se le acercó, le ofreció un vaso de agua y tomándolo del brazo lo llevó al fondo de la habitación.

-Te presento al Sr. y la Sra. Ceballos -y dirigiéndose a la pareja: Mi hermano Luciano.
-Manuel y Olga -corrigió el hombre-. Dejemos las formalidades de lado. Por favor, sentite cómodo, como si estuvieras en tu casa.
-Acercate a la mesa y servite lo que quieras -intervino la señora-. Mirá lo flaquito que estás.

Era una pareja de mediana edad, que no llegaba a los 60 años. El era alto, casi un metro noventa, de contextura mediana, calvo a excepción de unos mechones detrás de las orejas y con una abultada barriga por la que seguro habían pasado varios litros de cerveza. Vestía una camisa azul a cuadros, arremangada hasta los codos, que cubría con un chaleco marrón de nobuk. Un vaquero azul y borcegos negros completaban su vestimenta. Ella era mucho más baja que él, regordeta, con el pelo encanecido recogido en un rodete en la nuca. Usaba un vestido azul hasta las rodillas, abotonado en la espalda y con escote en V, que dejaba ver parte de sus alguna vez atractivos pechos.

“Insípido porvenir de las gaviotas”

Se volvió hacia la mesa, se sirvió algo de comer, y se sentó en el sillón. Miró a través de la ventana que tenía a su derecha y sintió como una

“Oleada de frutas secas en el ventanal”

energía extraña lo invadía. La mujer que había visto antes lo saludó a través de los cristales. Esta vez iba vestida, una blusa según le pareció ver, y otra vez desapareció. Luciano giró para ver si la veía a través de la otra ventana, pero sólo vio como una camioneta azul, probablemente un Ford, levantaba a un joven que viajaba a dedo.

“Trotando en la pampa como un viento, un viento gástrico”

Alguien tocó la puerta y Olga se acercó para abrir. La joven estaba parada justo allí, con su blusa blanca desprendida hasta el tercer botón y un jean super ajustado, lo que dejaba admirar su fabuloso cuerpo. Llevaba el pareo con que la había visto antes atado a la cintura.

-Marianita -la saludó Olga-, que bueno que pudiste venir.
-¿No llego tarde a la fiesta, no? Traje una torta de almendras para comer.
-Para nada, para nada. Dame eso así lo pongo en la mesa. Sentite como en tu casa, nena.
-Gracias, Olga. También traje algo para tomar.
-Eh, Flaca, llegaste -dijo Matías-. Sos la última en llegar. Como siempre. Pero sólo porque trajiste esas Quilmes no voy a decir nada.

Su hermano tomó la bolsa que había traído Mariana. Contenía tres botellas heladas de cerveza. Las llevó hasta la mesa y destapó una.
Ella se acercó hasta el sillón y se sentó junto a Luciano.

-Menos mal que viniste, mi amor -y lo besó en la comisura de la boca-. Ahora todo depende de vos.

La reunión se extendió unas cinco horas, durante la cual los seis comensales bebieron y comieron hasta el hartazgo. Cuando la orgía alimenticia llegó a su fin, Manuel Ceballos, con restos de crema en su mentón y la camisa manchada con mermelada de durazno, se puso de pie y se dirigió a los más jóvenes de la reunión:

-No quiero ser descortés, pero tanto mi señora como yo debemos irnos a descansar. No somos tan jóvenes como ustedes.
-Tenés razón, Manuel -le respondió Gonzalo-, y nosotros también deberíamos irnos, gente. Ya está muy oscuro y todavía no llevamos zanahorias a la madriguera.
-¡Uh!¡Que boludos! Como nos vamos a olvidar de eso. Allá hay una canasta azul. Llenémosla todo lo que podamos.
-Bueno, apurate, Gordo. Vamos, Luciano, soltá un rato a la Flaca y ayudanos.
-Esperá un rato -susurró Mariana a oído de Luciano cuando se disponía ayudar a sus amigos-. Es hora de que hagas tu parte. ¿No te apetece comer un rico estofado de conejos?
-¿O quizás a la parrilla? -agregó Olga detrás de él.

Luciano se dio vuelta al oír las palabras de la anciana

“Frasco de frutas secas pidiendo parto y delantal”

y vio que detrás de ella venía su esposo Manuel cabalgando un enorme caballo negro y sosteniendo en su mano derecha un manojo de cuerdas, cada una con una cabeza de conejo atada en su otro extremo. Las cabezas estaban recién cortadas y todavía se podía ver como la vida se apagaba en los ojos de los roedores. Manuel tenía todo su brazo derecho y ese lado del chaleco teñidos de rojo sangre.
Luciano saboreó sus labios con la lengua, pero no logró evitar que un hilillo de baba cayera de su barbilla y manchara el cuello de su remera.

Jorge Vargas regresaba a su hogar después de un día en el que no le habían salido bien las cosas. Llevaba la cajuela de su Ford azul llena de mercaderías, ya que no pudo vender nada en la feria de artesanías de la ciudad. Ya se imaginaba el escándalo que le iba a hacer su esposa cuando llegara sin dinero a casa, y estaba pensando seriamente en desviarse a Río Ceballos y emborracharse en alguna wisquería. Prefería llegar completamente borracho a su casa y acordarse nada al día siguiente cuando despertase.
Meditaba estas cosas cuando vio un muchacho hacerle dedo en la salida hacia Salsipuedes. Fue el recuerdo de su años como mochilero lo que le hizo seguir sus planes originales y hacer de lado la idea de llegar borracho a su casa.
Frenó unos metros adelante del muchacho y giró para hacerle señas de que subiera. Dudaba que lo viera ya que acababa de oscurecer y esa parte de la ruta no estaba iluminada. Igual el joven se acercó, dejó su mochila atrás y subió a la camioneta.

-¿A dónde viajas, pibe?
-A Salsipuedes
-Un viaje corto. Bueno, te dejo de paso. Yo voy a La Granja.
-Que bueno. Gracias.
-Me llamo Jorge, mucho gusto.
-Yo Luciano. Encantado de conocerlo.

Ambos se dieron la mano y el Sr. Vargas notó como la suya se humedecía. A la luz del tablero notó una mancha rojiza en su mano derecha.

-¡Pibe, estás sangrando!
-Ah, ¿esto?. No, estuve cazando conejos.

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Published in: on 28 julio 2007 at 21:10  Comments (15)  

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15 comentariosDeja un comentario

  1. Mmmm. . .Que buueeena historia.

  2. Hmmmmm …. lo leí tres veces, la tercera no lo entendí.
    jajajajaja
    Bagalone y sus demonios me inquietan …. pero me gustan
    Besos de Luna

  3. Mna: de nada :P

    Luna: y las dos primeras??? Si te inquietan a vos imaginate a mí…

    sevemos

  4. Mmmmmmmmmmmm inquietante… súmamente inquietante, más por lo que no cuentas que por lo que cuentas…

  5. Carabiru: creo que no hay nada más que contar. Es una historia sin sentido… no trates (ni traten) de encontrárselo. Más bien tomenló como una muestra del desequilibrio mental del anfritión de la casa :P

  6. Ooooohhh! Gracias por la dedicatoria. Sonámbula me dio un mensaje para Bagalone: Cuidado con mirar tanto a Marianita, podría dormirse para no volver a despertar jamás.
    No suele hacerlo Poio, pero de vez en cuando se cuela en sueños ajenos y hace alguna trastada inofensiva con resultado de un poco de … muerte…
    ;-)
    :-D

  7. Definitivamente Mariana corre peligro. Intentaré sonsacarle a Sonámbula sus planes. ¡Hasta pronto!

  8. jajajaja… me alegra que te haya gustado. con respecto a mariana… salvo por el cuento (y lo que me contó baga aquella vez) no he vuelto a saber de ella. no temas, sonámbula querida, bagalone sigue siendo sólo tuyo ;)

    sevemos

  9. Me gusto un montón… realmente.
    Che, calculo que despues de tanto tiempo te lo habra dicho, pero Luna dijo lo siguiente:

    “On 29 Julio, 2007 at 20:04 lunis Said:

    Hmmmmm …. lo leí tres veces, la tercera no lo entendí.
    jajajajaja”

    Ese es un chiste de Les Luthiers.

    Sigo subiendo…

  10. nop, nunca me lo dijo… mirá vos, Luna resultó ser una chorra :p

  11. Topa. Poio: chorra? De acá:
    http://www.locoarts.com.ar/alejoyvalentina.htm

  12. como saltó la viejita, eh :P

  13. Viejita tu abuela che!!!!!!

  14. diablos!!!!!!!!!!!!! no entendi nada!!!! jajajajajajajajajaja
    que bueno sigo buscando pistas sobre esta pagina, sigo leyendo y nada que entiendo!
    jajajajajajajajajaja…

  15. Binvenida, @iled, y gracias por perder tu tiempo en mi casa. Pero también te repito a vos… acá no hay nada que entender :P

    sevemos


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