Esos ojos

1

 

Esa mañana despertó con una sensación distinta: lo habían estado observando durante la noche. No sabía por qué eso le parecía extraño ya que había pasado la noche en una celda del Precinto 5, y seguro que un cana lo estuvo vigilando toda la noche. Pero lo que sentía era diferente. Todavía sentí como esos ojos lo observaban fijamente, sin pestañear, atentos a cada uno de sus movimientos. Esos ojos fríos, eternos, infinitos.

No recordaba bien que hizo para caer preso, pero no tenía dudas sobre lo que lo debió haber ocasionado. Últimamente estaba bebiendo mucho. No se consideraba un alcohólico, pero sí un “bebedor social”. Durante la semana no bebía nada de nada, sólo agua mineral de vez en cuando gaseosa. Pero no bien llegaba el viernes por la noche y se encontraba con sus amigos empezaba a tomar una cerveza tras otra hasta caer desmayado. La mayoría de las veces terminaba en su casa o en la de un amigo, las menos en lugres que nunca había visto antes o en casa de personas que no recordaba conocer. Y otras terminaba en algún precinto o comisaría demorado por disturbios en la vía pública o por conducir alcoholizado. Esta debió ser una de esas veces, pensó.

Se acercó hasta los barrotes y llamó al guardia. Por la puerta frente a él se asomó un hombre de treinta y tantos, no muy alto y de cuerpo robusto. Tenía la camisa celeste del uniforme toda sudada, así que supuso que afuera debía ser un infierno, ya que dudaba que el cabo primero Sánchez hubiera estado corriendo.

-Ya te despertaste, Camarena.

-Así es, oficial. ¿Ya puedo retirarme?

-Sí, si estás en condiciones de conducir. ¿Conocés el procedimiento?

-Ya lo seguí algunas veces, ¿no? -asintió-. ¿Cómo sigue la rodilla?

-Hay días y días –respondió Sánchez mientras comprobaba el estado del detenido-. Hoy no me jode tanto. Pero la semana pasada que hizo frío no tenés idea de lo que sufrí. Tuve que pedir parte médico.

-Me imagino. ¿Y lo agarraron al tipo que te baleó?

-Todavía no. Pero cuando lo agarren… Mirá, me cagó la vida.

-Bueno, que tengas suerte en esa, pero sacame de acá. Quiero llegar a casa lo antes posible y pegarme una ducha.

-Okay, sabés dónde buscar tus cosas, ¿no?

-Sí, ya te dije que hice esto varias veces. Nos vemos, Sánchez.

-Chau, Camarena. ¡Sale preso!

El cabo primero Sánchez no volvió a ver a Guillermo Camarena. Dos semanas después murió por una bala que impactó en su cuello. El tirador fue el mismo que meses antes le había dado en la rodilla, obligándolo a pasar el resto de su vida haciendo tareas de oficina y a usar muletas. Igual nunca nadie imaginó que resto de su vida significaba tan sólo cuatro meses.

 

2

Llegó a su casa pasadas las seis de la tarde. Fue directamente al baño y abrió las dos canillas, caliente y fría, y se sentó a esperar que se llene la bañera. Se desnudó ahí mismo, y tiró la ropa que acababa de sacarse sobre una pila de ropa sucia que llevaba al menos tres semanas acumulándose. Se miró al espejo de cuerpo entero que tenía frente a él y notó el abultado vientre que se le había formado en los últimos meses. Seis meses atrás no tenía donde caerse muerto y ahora tenía una mansión en uno de los mejores country de las afueras de Córdoba. Seis meses antes su vida era más sencilla. Tan sólo seis meses antes.

Dejó de lado sus cavilaciones y se metió en la bañera. Apoyó la cabeza en el respaldo y se le antojó un chupetín. Siempre consideró ese uno de sus mejores vicios. Gracias al chupetín no fumo, solía decir. Me quita la ansiedad de fumar. La verdad era que nunca había fumado un cigarrillo en su vida (bueno, tal vez marihuana en una que otra oportunidad, pero no es lo mismo) y siempre había comido chupetines, así que por qué no podía ser cierta su teoría. Por otro lado, era un vicio más sano. No podías morirte de cáncer por comer chupetines, pero si darles de comer a los del plan dental para que arreglen tu dentadura repleta de caries. Cubrimos todos los gastos, rezaba el aviso. Sí, ¡ja!

Mientras pensaba en porque no paró a comprar chupetines cuando iba para su casa, se quedó dormido. Y soñó. Soñó con la primera vez que vio esos ojos.

Fue el mismo día que cambió su vida, seis meses atrás. Era un día más en su vida. Hasta entonces no había pasado nada, y suponía que tampoco pasaría nada después. Pero se equivocaba, y cómo. Si fue el puto destino o su maldita suerte jamás lo sabría, pero a las 15:32 de aquel martes 9 de Marzo la suerte se le vino encima. O mejor dicho, le cayó encima.

Iba por la Chacabuco, camino al gimnasio, y el calor era infernal. Demasiado para la época, la temperatura era de 35 grados, y lo normal para comienzos de Marzo es 27 ó 28 grados. La calle estaba desierta y de repente… ¡BOOM! Una mujer cayó frente a él y se estampó contra el piso. Si hubiese pasado cinco segundos antes por el lugar la mujer le hubiese caído encima. Por acto reflejo dio un paso hacia atrás y miró hacia arriba. En el octavo piso del edificio frente a él una ventana estaba abierta y las cortinas colgaban del lado de afuera. No había señal de otra ventana abierta desde ese ángulo y no llegaba a divisar la terraza del lugar. Tampoco vio movimientos raros en el departamento.

Se acercó hasta la mujer. Debía tener no más de treinta y cinco años y aunque no era una hermosura, era muy atractiva. Vestía un camisón de satén natural y no llevaba ropa interior. Una mancha de sangre carmesí se formó tras la cabeza de la mujer, pero apenas se distinguía mezclada en los rojos cabellos de ella.

Acercó su mejilla a la boca de la mujer y notó que aún respiraba. Una media docena de personas se habían acercado al lugar, así que se dirigió al primero que vio con celular, un gordo de traje azul, y le gritó que llame a la ambulancia. Sin detenerse a ver si el tipo obedecía o no (le pareció escuchar que preguntaba si era el 107 al que debía llamar) volvió a poner su atención en la mujer. En sus años como boy scout había aprendido algo de primeros auxilios, pero nunca había atendido algo más grave que una fractura de brazo. Temía que la mujer se hubiese roto la espalda y no se atrevía a moverla.

Le preguntó algunas cosas sin sentido, más que todo para mantenerla conciente, pero la mujer parecía no oírlo. Sin embargo respiraba aún, aunque ahora lo hacía con jadeos entrecortados y se notaba como su pecho subía y bajaba con dificultad. Guillermo Camarena giró para ver que pasaba con la ambulancia… y la mujer lo tomó de la mano. Asustado quiso soltársela pero la mujer apretaba demasiado. Notó que quería decirle algo y acerco de nuevo su oreja a la boca de ella. La mujer balbuceó una sola palabra… y murió.

La desesperación y el temor se apoderaron de él. Pegó un salto hacia atrás para librarse de la mano de la muerta, pero ahora parecía estar más apretada que antes, y sin quererlo hizo girar el cuerpo de la mujer. Se puso de pie sin atreverse a mirar a nadie, ya que notaba como le clavaban sus miradas. Lo acusarían a él de haberla matado, todos dirían que la mujer vivía antes de que él se le acercara. La desesperación y el temor dieron lugar al más grande de los terrores y deseó estar a kilómetros de allí.

Mientras intentaba esquivar una y otra vez las acusadoras miradas vio por primera vez esos ojos. Estaban mezclados entre la multitud (que ahora ascendía a casi una veintena de curiosos) pero no logró ver a quien pertenecían. En aquella ocasión no los había notado, pero después de lo experimentado en la cela del precinto los podía ver claramente. Sobresaliendo del resto. Ojos vivos en un mar de miradas muertas.

 

3

 

Se despertó dos horas después con la piel de los dedos y las manos toda arrugada a causa de estar tanto tiempo sumergido en la bañera. La imagen de esos ojos vigilantes no se le iba de la cabeza y hasta creyó verlos por el rabillo de sus ojos acechando entre las sombras de la casa. Cerró los párpados como queriendo así escapar de su presencia, pero ahí estaban, brillando en la oscuridad que se iba formando, ocupándolo todo y devorándolo todo. Esos ojos y más allá la oscuridad. Esos ojos y más allá… nada.

-¡Váyanse! ¡Déjenme tranquilo! –gritó Camarena, en un intento de librarse de esos ojos.

Pero era inútil. Ellos seguían observándolo entre las sombras y temía que no estuviese es sus planes marcharse.

Fue hasta su cuarto y se vistió. Al sacar una remera de uno de los cajones vio un sobre y lo tomó. De dentro sacó un papel arrugado con unas líneas escritas a mano, de caligrafía nerviosa y apurada; se lo había dado la mujer que se suicidó delante de él seis meses atrás cuando lo tomó de la mano en su último acto conciente. Lo leyó hasta que le dolieron los ojos y volvió a guardarlo en el lugar de donde lo sacó. Aunque ya eran cerca de la nueve de la noche, no sentía hambre. Siempre fue una persona de buen comer, pero esa noche tenía el estómago cerrado. Sin embargo eso no le impidió tomar una de la botellas de Smirnoff que tenía en el freezer y bebérsela toda tirado en uno de los sillones de la sala de estar hasta caer totalmente desmayado. Esa noche no volvió a soñar.

 

4

 

El lunes siguiente despertó cerca del mediodía. Cuando vio la hora que era en su reloj pulsera, se maldijo a sí mismo. Trabajaba sólo una vez cada treinta días, el primer lunes de cada mes y si no se apuraba era probable que se perdiera el sorteo de la mañana. Y si algo no deseaba Camarena era hacer enojar a sus empleadores.

Se vistió lo más rápido que pudo y salió en su 4×4 rumbo a la ciudad. Al pasar por la entrada del country detuvo la camioneta frente a un panel que contenía los buzones de cada vivienda. Abrió el suyo con su llave magnética y retiró el único sobre que había dentro. Un único sobre blanco sin inscripciones que aparecía allí el primer lunes de cada mes. Cerró la casilla y metió el sobre en el bolsillo trasero de su pantalón. Puso en marcha de nuevo la camioneta y siguió su viaje a la ciudad.

A mitad de camino vio una agencia de quiniela de su la lado de calle y se detuvo en ella. Mientras estacionaba miró el reloj digital de la camioneta y vio que eran las 12:06. El vehículo estacionado frente a él tenía la patente BZI 256. En la carnicería contigua a la quiniela había un cartel que ofertaba 2 Kg. de costeletas a $23,99. Ya tenía todo lo que necesitaba.

 

5

 

El propietario del local, un hombre de cuarenta y cinco años llamado Eduardo Estrada estaba de buen humor ese día. Hacía un par de horas que su hija mayor, Valeria, lo acababa de hacer abuelo por primera vez. Una hermosa beba que recibió por nombre Celeste, como los colores del club de sus amores, Belgrano. No veía la hora de cerrar, a las 14, para ir al hospital a visitar a nieta. Pero ese día aún le deparaban alegrías. A eso de las 12:10 del mediodía entró un joven de alrededor de veintisiete años, alto y delgado, pelo largo y barba sin arreglar. Vestía una remera negra estampada, vaqueros azules y ojotas amarillas.

-Buen día, caballero –saludó Estrada. –En qué lo puedo ayudar.

-Quiero jugar unos numeritos en la matutina de Córdoba –respondió Camarena.

-Bueno. Dicte, jefe, nomás.

-El 206 a primera. El 06 a los diez. 256 a primera. 399 a primera. Y el 99 a los diez.

-Muy bien. ¿Cuánto le ponemos a cada uno?

-Doscientos pesos a los dos primeros, y cien a los otros tres.

-¡¿Perdón, cuánto me dijo?! –se asombró el quinielero.

-Doscientos pesos al 206 y al 06 y cien al 256, al 399 y al 99 –dijo Camarena.

-Vaya jugada. ¿Se siente con suerte?

-Algo así.

-Pues ya somos dos los afortunados este día –comentó Estrada con una sonrisa de oreja a oreja. –Sabe qué, acabo de ser abuelo.

-Pues me alegro por usted –respondió secamente Camarena. –Ahora, por favor, podría terminar la jugada rápido que tengo otras cosas que hacer.

-Sí, sí. Al instante. Ya casi está.

Estrada introducía la jugada en la computadora lo más rápido que podía. Nunca en sus veinte años como quinielero alguien había jugado tanto dinero de una sola vez, y le costaba dominar el temblor en sus manos. Unos segundos después la máquina soltó el recibo.

-Aquí tiene su jugada –dijo el quinielero mientras le entregaba el comprobante a su cliente.

Camarena verificó que esté todo bien, como si eso importara en algo, y asintiendo con un movimiento de cabeza sacó el sobre que tenía en su bolsillo trasero. De allí sacó un fajo de billetes de cien pesos, nuevos, recién impresos, separó siete y se los entregó al quinielero.

-¿Así está bien? –dijo Camarena.

-¿A ver? –dijo Estrada y revisó uno a uno los billetes- -Sí, al parecer son buenos. O al menos es buena la impresora.

-Perfecto –dijo Camarena. –Adiós y gracias.

-No, gracias a usted –dijo el quinielero. –Vuelva si llega a tener otro pálpito como éste.

-Lo dudo.

Camarena no volvió y Estrada tampoco volvió a recibir una jugada como la que hizo aquel. Incluso no volvió a recibir una jugada nunca más. Ese día cerró la agencia antes, a las 12:30, minutos después de que Camarena se retirase, y salió volando hacia el hospital a conocer a Celeste, su nieta. Si fue una broma del destino o si pudo haber evitado el accidente si hubiese cerrado su negocio en tiempo y forma, no se sabrá nunca. El asunto es que Eduardo Estrada murió a las 12: 47 de ese mismo día, a pocas cuadras de su casa, arrollado por un colectivo de la línea Azul fuera de control que chocó de costado contra su Fiat blanco.

 

6

 

Camarena salió de la agencia de Estrada y se subió a la camioneta. Aún le quedaban por jugar más de nueve mil pesos, y los sorteos matutinos estaban a punto de cerrar. Tendría que comprar números de Quini-6 o de Loto, y eso no le gustaba. Eran sorteos populares y por ende poco anónimos. No quería repetir la experiencia de cuatro meses atrás, cuando había ganado el pozo grande del Quini-6, un mes después de que había ganado el pozo del Loto. Se enteró todo el país y cuando viajó a Buenos Aires a cobrar los premios se encontró de repente almorzando con Mirta al mediodía y tomando café con Susana a la noche, presentado como el hombre más afortunado del país.

Mientras estaba en búsqueda de una nueva agencia de quiniela (ya había pasado por otras once) para hacer la última jugada antes de volver a su casa, recordó el día en que todo había empezado, seis meses atrás, el mismo día que una mujer había caído del cielo frente a él y murió en sus brazos.

 

Continuará???

Published in: on 26 febrero 2008 at 17:26  Comments (9)  

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9 comentariosDeja un comentario

  1. Muuuuy Bueno. . .”Ojos vivos en un mar de miradas muertas. . .”

  2. me encantó…. continuará??

    besote.

  3. Mena: quedó linda esa frase, tanto que dudo mucho que me pertenezca :P

    Nara: no sé, eso va a depender de ustedes. en breve novedades.

    sevemos

  4. no sé, eso va a depender de ustedes. en breve novedades.

    ahora viene cuando nos quiere cobrar a nosotros su cuota mensual de inet…

  5. Negro, si a vos te lo paga la empresa en la que decís que trabajas (ya sabemos todos que hacés ahí dentro), por qué yo no podría tirarme un lance con los otros bloggers :P

    hablando en serio, le lunes cuento de que se trata.

    sevemos

  6. Sabroso Poio, como siempre
    Volviste con todo eh?

  7. Se los debía, Luna :D

  8. Voy a empezar a leerlo. En cuanto termine me paso por el link que pusiste en mi blog. Te anclaré a mi blogroll para que la gente se anime a pasar por el tuyo.
    ¡Saludos!

    http://epicadeunnuevomundo.wordpress.com

  9. […] para mostrarles una escaneada del original de Esos Ojos, tal cual lo escribí la primera vez, así de paso ven una parte de mi “proceso […]


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