Esos ojos – Segunda parte

Anteriormente en Esos ojos…

1

 

“Despierta, Camarena. Despierta.”

 

2

 

No fue hasta que llegó la ambulancia y se llevó el cadáver de la mujer que Guillermo Camarena notó el papel en su mano. Desde el momento que se la soltó se le había agarrotado y cuando intentó abrirla le agarró un hormigueo que le obligó a cerrarla de nuevo. Cuando la paz regresó al marcharse la policía y el cuerpo, volvió a abrir su mano y allí vio el papel. A primera vista le pareció un dibujo mal hecho, pero al verlo con más detalle las formas fueron apareciendo empezó a distinguir letras dibujadas.

-Jo – E –Dol- deletreó en voz alta. -¿Qué carajo es joedol?

Dio vuelta el papel y vio con asombro que la imagen se veía exactamente igual que antes. Lo giró un par de veces más para cerciorarse de que era cierto, cuando se dio cuenta de su error.

-No es una Jota, es una Te, y esa O bien podría ser una Erre. Pero Toedol… o Tredol, ¿qué mierda es Tredol?

Pensaba en qué significado podrían tener estas palabras cuando por arte de magia la imagen finalmente tomó forma y ante sus apareció un ambigrama de la palabra Trébol.

ambigrama.jpg

 

 

-¡Trébol! –gritó Camarena en medio de calle. –Dice trébol-. Y dirigiéndose a una mujer que lo miraba raro: Qué loco, ¿no?

Se quedó viendo durante minutos como el papel mostraba la misma palabra a medida que lo giraba. Nunca había visto algo parecido y la magia del ambigrama enseguida lo atrapó; parecía un niño con juguete nuevo. Al final lo guardó en el bolsillo de su pantalón y siguió su camino hacia el gimnasio. Quería contarles a sus amigos lo que había pasado y mostrarle a ellos su curiosa nueva adquisición.

Nunca tuvo la ocasión de hacerlo.

 

3

 

La voz resonó en su cabeza como a través de mil parlantes, dejándolo aturdido por un momento. Cuando recuperó la noción del quién y el dónde se dio cuenta de que estaba en una camilla de una sala de hospital. Una luz reflectora le apuntaba directamente a los ojos, pero a él parecía no incomodarle. Camarena se incorporó y miró a su alrededor y un grito de terror, que no fue grito, se ahogó en su garganta y salió de su boca como un suave chillido.

A su alrededor decenas de camillas como la suya estaban ocupadas por seres vivos. Seres que en alguna oportunidad habían sido humanos. Porque lo que había delante de sus ojos difícilmente podría definirse como humano. Aunque en todos los cuerpos podía adivinar vagamente una forma bípeda, a la mayoría de ellos le faltaba algún miembro, o había sido reemplazado por otra cosa que no tenía un origen biológico. Y si lo tenía él no era capaz de adivinar su procedencia.

El cuerpo frente a él le recordó vagamente a alguien. De no haber estado todavía mareado y confundido por la situación, habría reconocido la cabellera pelirroja de la mujer que tiempo atrás había caído frente a él y muerto en sus manos. Se acercó hasta la camilla para ver mejor a su ocupante y al apoyarse en la barandilla una mano surgió de debajo de la sábana y tomó la suya con fuerza. Aunque lo que agarró su mano con dificultad podría considerarse una. Era una especie de estrella de mar de color verde, aunque de consistencia gelatinosa y helada al tacto. Lo que vendría ser el brazo se asemejaba a un manojo de mangueras metálicas negras y plomizas, pero sólo en apariencia, ya que las mangueras se retorcían sobre sí mismas, enrollándose unas sobre otras, y se dilataban y contraían como si por dentro corriera alguna sustancia. La criatura se incorporó y le gritó a Camarena:

-¿¡Por qué no lo hiciste!?

Camarena intentó quitarse de encima a esa cosa pero no lo soltaba y al hacerse para atrás la arrastró tras de él. Al caer de la camilla dejó a la vista el resto de su cuerpo; aunque las piernas eran humanas, la mitad del torso había sido removido dejando a la vista los órganos interiores de la cosa. Órganos que definitivamente no eran humanos, sino parientes cercanos a la estrella de mar que lo tenía sujeto; cosas gelatinosas de color verde de las que salían mangueras como las que conformaban el brazo que se perdían dentro del cuerpo. Una mano humana se sumó a la que ya lo tenía sujetado y la cosa se enderezó en el piso y se puso a la altura de él.

-¡Te dije que…!

Pero no terminó la frase. Los ojos de la cosa (Camarena no podía ver todavía –o no quería creer- que se trataba de aquella mujer) giraron hacia atrás y quedaron en blanco. Cuando volvieron a su posición normal su color había cambiado y perdieron todo vestigio de humanidad en ellos. Esos ojos lo estaban mirando, esos ojos amarillos, de una ferocidad animal que todo lo dominaban y que todo lo veían. La cosa volvió a hablar, pero no con la misma voz de antes sino con el eco de miles de voces que retumbaron en su cabeza con la fuerza de mil parlantes:

 

-Despierta, Camarena. ¡DESPIERTA!

 

4

 

Bajó por Rondeau para ir al gimnasio y vio algo que hasta ese momento no había visto nunca, o al menos no le había prestado mucha atención. Uno de los bares sobre su mano derecha, casi llegando a Buenos Aires, tenía por nombre Trébol, la misma palabra que el ambigrama. Nunca bebía solo, menos cuando iba camino al gimnasio, pero esa vez se le antojó un trago. Lo que le acababa de suceder no era para menos y todavía se sentía algo nervioso. Además su madre siempre decía que los tréboles (sobre todo los de cuatro hojas) atraían la buena suerte, y en cada ventana del bar había pintado un enorme trébol de cuatro hojas.

Algo de buena suerte no me vendría mal, pensó Camarena, y entró en el bar deseando que fuera uno irlandés; se le había antojado cerveza negra de barril.

No era el caso. El Trébol era un bar de citas y sólo servían Corona en monjitas. Pero a partir de ese momento la suerte siguió a Guillermo Camarena a todas partes. La suerte… y esos ojos.

 

5

 

Guillermo Camarena se despertó sobresaltado a causa de una pesadilla. No podía recordar de que se trataba, salvo por la omnipresencia de esos ojos.

“Recuerda, Camarena. Recuerda.”

Esas palabras rondaban por su cabeza repitiéndose una y otra vez hasta abarcarlo todo, pero recordar qué. Por alguna razón sentía que era de vital importancia que recordarse el sueño, pero cada vez que intentaba pensar en ello aparecían esos ojos tapándolo todo tras su demoníaco resplandor. Sentía como jugaban en su cabeza dos fuerzas distintas: por un lado el eco de las voces que le repetían que recordase y por el otro el brillo de esos ojos que le tapaba los recuerdos y confundía sus pensamientos. La desesperación comenzó a apoderarse de él y sintió que no iba a aguantar mucho más si seguía así.

Se levantó y se acercó a la ventana. Allá abajo veía al maestranza del country cortando el césped de su jardín. Veía los rosales y los jazmines, todavía sin flores, y veía la salvación. Si se arrojaba callaría las voces y cegaría a esos ojos. Si terminaba con su vida terminaría también con su tormento.

En su mente se formó otra imagen, en un principio borrosa, pero al fijar su atención en ella comenzó a tomar forma y a hacer retroceder el brillo de esos ojos. Las voces callaron y por un momento el brillo amarillo que le tapaba sus recuerdos se tornó anaranjado para pasar a ser de un rojo intenso. La figura se adueñó del todo de su mente y ante él apareció el recuerdo de la mujer muerta. El rojo de sus cabellos, intensificado por la sangre que salía de su cabeza era lo que ahora iluminaba todo. Y entonces Camarena comprendió. Esa mujer estuvo en su misma situación y encontró en la muerte el alivió que él también estaba buscando. Volvió a mirar hacia fuera y la idea le pareció más tentadora que nunca. La mujer en su cabeza le habló.

-Recuerda, Camarera. Recuerda lo que te dije antes de morir. Recuerda lo que viste en tu sueño. Recuerda lo que viste aquella vez en el Trébol. ¡Recuerda!

La voz de la mujer era el eco de miles de voces, pero le hablaban con calma, casi en un susurro. A través de sus palabras pudo ver que antes que él y que ella estuvieron en su misma situación cientos, tal vez miles de personas, haciendo lo mismo que él hacía. El eco de las voces se remontaba a los orígenes mismos de la humanidad; él tan sólo era el último de los eslabones de una cadena que llevaba miles de años forjándose. Y de repente sintió sobre sus espaldas el peso de los errores de todas esas personas y volvió a sentir miedo. No estaba preparado para, ni quería sufrir, semejante carga. Su duda hizo añicos la imagen de la mujer y esos ojos surgieron de nuevo con más intensidad y furia en la mirada que nunca antes.

Antes de desvanecerse la mujer volvió a gritarle “¡Recuerda! Recuerda, Camarena.”, pero una voz mucho más potente y más antigua surgió de la nada y le gritó

 

-¡SALTA!

 

Y Camarena saltó.

 

6

 

No le quedó otra que resignarse a tomar una Corona. Pensó en ir a otro bar donde vendieran cerveza de verdad, pero que mierda, ya estaba allí.

A esa hora no había mucha gente en el Trébol; además de él, el barman y las dos camareras, había un grupito de tres amigas que al parecer recién salían del trabajo y una pareja de novios que parecían tener una discusión por lo bajo. Cuando le trajeron la Corona pensó que no iba a hacer nada con una sola y volvió a lamentar no haber ido a un lugar donde sirvieran verdaderas cervezas, de litro, como debe ser. Miró con curiosidad el platito con dos rodajas de limón que le sirvieron junto a la Corona (le era imposible llamar a esa botellita “cerveza”) y se preguntó para que serían. ¿No se suponía que debía acompañar la cerveza con un platito con maníes salados? Palitos salados como última instancia, ¿pero limón?

Eso finalmente lo terminó de convencer; se acabaría de una vez la Corona y se iría a otro bar a tomar una verdadera cerveza, de litro, con maníes salados, como debe ser.

Mientras se tomaba su Corona sacó el papel con el ambigrama de la palabra trébol del bolsillo de su pantalón y empezó a girarlo otra vez. No dejaba de asombrarse con él. Absorto como estaba con el ambigrama, no sintió a la persona que se le acercó por atrás hasta que le puso una mano en el hombre y le habló con toda la naturalidad del mundo.

-¿Qué interesante ambigrama? Y justo de la palabra trébol, como el local. Permítame presentarme, soy Mario Robisco, el propietario de este bar, y me gustaría cruzar unas palabras con usted.

A partir de ese momento Guillermo Camarena bebió muchas cervezas de verdad, de litro, con maníes salados, como debe ser.

Published in: on 20 marzo 2008 at 17:37  Comments (9)  

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9 comentariosDeja un comentario

  1. que bueno…además lo siento así como un poco mio, si me lo permites !!

    pd- a mi me gusta la coronita, ja ja .

    besotes, poio.

  2. Uff, muy bueno. Y saltó, vaya.
    Mmm. . . maníes.

  3. Chapó. Muy bueno, y en ocasiones diferente.
    ¡Saludos!

  4. Nara: por supuesto que es tuyo y de todos los que ayudaron a relatarlo. Yo sólo escribí con mis manos las palabras de ustedes.

    Mena: parece ser que sí, che.

    Yonamoe: diferente??? Esa no me la habías dicho nunca. Puedo preguntar por qué???

    sevemos

  5. Esta vez estuve ausente del cuento, pero la verdad está buenisisimo!!!! Felicitaciones a todos!

  6. Gracias, Luna. De parte de todos :D

  7. creo que me quedé pensando por demasiado tiempo en como aportar a tu cuento virtual XD … es que bueno, para mi es muy difícil tratar de aportar a algo que ha sido escrito por otro … además ha pasado mucho tiempo, quizá demasiado, en el que no he escrito nada …

    en fin, a quedado muy bien así.

  8. Poio! Qué buen cuento, más teniendo en cuenta que partía de un manojo de fantasías individuales… Este cuento tiene magia. Y el ambigrama, genial. Un beso!
    :-)

  9. Pajarito: nunca es demasiado tarde, menos para escribir. Yo estuve 5 ó 6 años sin escribir nada antes de empezar con el blog.

    Sonámbula: es ese manojo de fantasías individuales lo que lo hace bueno, nada más :D

    sevemos


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