Esos ojos – Tercera parte

Anteriormente en Esos ojos…

1

Las luces de la sala de la clínica donde se hallaba Camarena rebotaban en las blancas paredes sin decoraciones y hacían de su estadía allí un martirio. El único toque de color lo daba el uniforme celeste de la enfermera que lo atendía en esos momentos, pero la palidez de su rostro sólo hacía más tétrico el cuadro. ¡Si tan sólo hubiese habido una ventana en esa habitación para que entrase la luz del sol…!

Camarena no podía precisar cuanto tiempo llevaba encerrado en esa habitación, pero estimaba que por lo menos una semana había transcurrido desde que se cayó por la ventana del segundo piso de su casa. No recordaba nada de lo sucedido aquel día, y su mente era una paleta de colores cuando intentaba recordar algo. Por momentos todo se le ponía amarillo, para tornarse anaranjado y terminar en rojo, para volver a ponerse amarillo otra vez. Lo que sabía lo sabía por lo salido en los diarios. Al día siguiente, en La Voz del Interior salió en primera plana la noticia de su accidente bajo el título: “Se le acabó la suerte.” Varios medios nacionales vinieron a cubrir el hecho y montaron guardia durante varios días frente al Hospital de Urgencias, donde fue derivado en primera instancia, hasta que sus patrones lo trasladaron a la clínica privada en la que se encontraba, propiedad de la familia Robisco.

Según el matutino cordobés, el maestranza del country vio como Guillermo Camarena caía desde la ventana de su habitación, en el segundo piso de su casa, e informó inmediatamente a la seguridad del lugar. De no haber sido por ese trabajador, probablemente Camarena hubiese estado tirado en el piso durante al menos una hora, momento en el cual pasaría de nuevo la ronda se seguridad frente a su domicilio, ya que su casa era la más alejada y no tenía vecinos cercanos. El informe continuaba diciendo que “el hombre más afortunado del país” había sido llevado inconciente y muy mal herido al Hospital de Urgencias y que aún no había habido un informe oficial sobre el estado del accidentado.

La verdad era que como saldo de su caída, Camarena terminó con un principio de conmoción cerebral (no muy grave y la causa de su pérdida momentánea de la memoria), un brazo y una costilla quebradas y un tobillo dislocado. De todas sus heridas se había repuesto bien salvo de la del tobillo, que aún le causaba terribles dolores y era la razón por la que seguía postrado en la cama sin poder caminar.

De lo que Guillermo Camarena no se enteró porque apenas apareció como nota de relleno en la sección Sucesos, fue que Raúl Tello, el ordenanza del country, murió dos días después en un accidente de trabajo, cuando se enredó con el cable de la máquina de costar césped y al caerse las cuchillas de la máquina le rebanaron la garganta, causando su muerte de forma casi instantánea.

2

La oficina de Mario Robisco dejaba en claro la personalidad del dueño del Trébol. Austera y minimalista, el único toque de color lo daba el reflejo verde del cartel de neón del bar, que se colaba por la ventana a intervalos irregulares, siguiendo los caprichos de una mala conexión eléctrica. Tanto el escritorio como la biblioteca eran de metal negro y vidrio polarizado, y los sillones de cuero negro. El piso alfombrado con una gruesa alfombra gris oscuro y las paredes pintadas en un gris plata. Sentado frente a Camarena, Robisco, con su polera blanca de cuello alto y su saco negro sport, parecía una parte más del mobiliario de la oficina.

Sin preguntarle nada a Camarena, Robisco sacó de un refrigerador empotrado en la biblioteca dos jarras de chopp congeladas, una Quilmes de litro y una bandeja con maníes salados. Camarena debió haber hecho muy visible su sorpresa porque el dueño del lugar le dijo:

-Apenas ví como miraba la botellita de Corona y las rodajas de limón supe que usted es uno de los que le gustan las cervezas de verdad, de litro, con maníes salados, como debe ser. ¿Me equivoco?

-Para nada, es como si me hubiese leído la mente. Diga que ya la había pedido, que si sabía que iban a servirme eso me iba a otro bar. No es que este sea malo, lo que quiero decir es…

-No se preocupe, sé a lo que se refiere –lo interrumpió Robisco. –Es todo cuestión de negocios. Estamos en Nueva Córdoba, y la gente que frecuenta esta zona gusta de este tipo bebidas.

-Sí, no me diga, seguro que lo que más vende es Speed con vodka, ¿no?

-Bueno, acá servimos Red Bull, pero sí.

-Ah, chetos de mierda –dijo Camarena con visible fastidio y golpeó su jarra contra el vidrio del escritorio. –Uy, perdón, me dejé llevar, no quise ofenderte ni romper nada, te lo juro.

-No te preocupes, siento igual que vos, pero es la pequeña burguesía de la sociedad la que tiene la plata, y como te dije antes, es todo cuestión de negocios.

-¿Pero vale la pena? Tener tanta guita, desear tanta guita. –Mientras Camarena trataba de ordenar sus idea para expresar su punto de vista, Robisco destapaba otra cerveza y le llenaba la jarra. Camarena agradeció con la mirada y apuró de un solo trago la mitad del líquido antes de continuar con su explicación. –Hace un rato ví como se mataba una chica.

-Una pérdida lamentable la verdad.

-¿Cómo? –preguntó sorprendido Camarena.

-Que es algo lamentable que alguien joven desee matarse, quise decir –se corrigió Robisco.

-Exacto. Andá a saber que es lo que le pasaba en la cabeza a la mina esa, pero por el edificio donde vivía y la ropa que llevaba puesta seguro que guita tenía. Entonces pienso, podés tener toda la guita del mundo pero aún así no ser feliz. ¿O estoy diciendo cualquiera?

Robisco no dijo nada, sólo tomó un trago de su cerveza y con la mirada le indicó a Camarena que continuase.

-Y pensar que se murió en mis manos… -La mirada de Guillermo Camarena estaba en otro lugar, a unas pocas cuadras de esa habitación.

-¿Te dijo algo antes de morir? –le peguntó Robisco, trayéndolo de nuevo a la oficina del Trébol.

-Sí, pero no me acuerdo qué. Ella fue la que me dio esto.

Camarena volvió a sacar del bolsillo del pantalón el anagrama de la palabra trébol.

-Que cosa interesante los anagramas –dijo Robisco, llenando otra vez el vaso de Camarena. – ¿Sabías que el trébol para muchos es símbolo de buena suerte? Tal vez hoy tu suerte cambió a partir del momento que te cruzaste con esa chica. Mirá, hace poco uno de mis empleados sufrió un accidente y ya no va a poder seguir trabajando con nosotros. El puesto de ella dentro de la empresa es fundamental y necesito cubrirlo enseguida. No sé, si te interesa, es tuyo.

-¿Acá en el bar? –preguntó Camarena.

-No, este trabajo no tiene nada que ver con el Trébol. Y a la vez tiene todo que ver. Dejame que te explique un poco más.

Mario Robisco no tuvo que abrir una cuarta cerveza para convencer a Camarena. De todas maneras sabía que ni siquiera era necesaria la primera, pero siempre le gustó intimar antes con sus futuros empleados. Guillermo Camarena era la persona ideal para cubrir el puesto vacante. Era otro pequeño burgués de la sociedad, sólo que no lo sabía.

3

Una hora después de que la enfermera se retiró de la habitación, la puerta de esta se volvió a abrir e ingresaron Mario Robisco con su asistente, un gordo de anteojos de aire cansado pero de mirada profunda e inteligente llamado Alberto, y otro hombre que Camarena no había visto jamás, pero que usaba una bata de médico con el distintivo de la clínica.

-Veo que ya recuperaste la conciencia, Guillermo –saludó Robisco mientras se acercaba a estrechar las manos de su empleado. –Es bueno tenerte de nuevo con nosotros.

-Gracias, jefe, –dijo Camarena- pero la verdad es que llevo ya varios días despierto.

-¿Y por qué nadie me avisó de esto, Alberto? –interrogó Robisco a su asistente.

-No tuve información sobre la condición del señor Camarena hasta esta mañana, señor Robisco –respondió el aludido.

-Ya voy a hablar personalmente con el director Attalla –dijo Robisco con visibles signos de enojo. –Le dejé órdenes precisas para que me informase inmediatamente cuando Guillermo recuperase la conciencia. –Y volviéndose a Camarena agregó: Decime que al menos te trataron como corresponde.

-Sí, por eso no se preocupe, Mario, pero hubiese preferido una habitación con algo de luz natural.

-Alberto, –dijo Robisco a su asistente- andá haciendo los trámites para que cambien a Guillermo a una habitación más iluminada, y fijate si Attalla se encuentra en el hospital hoy, que después voy a hablar con seriamente con él.

Alberto (cuyo apellido Camarena desconocía) asintió con un gesto y se retiró de inmediato de la sala. Mario Robisco esperó unos segundos para asegurarse de que su asistente se había retirado antes de continuar.

-Bueno, a ver, Guillermo, contanos que pasó porque la verdad que no entiendo nada.

-La verdad que yo tampoco, Mario –dijo Camarena. –Tengo todos los recuerdos borrosos del día del accidente.

-No es a eso a lo que me refiero, y lo sabés.

-Perdóneme, jefe, pero no entiendo.

-Veo que la caída afectó tus facultades mentales también –el tono irónico de Robisco era más bien amenazante. –Me interesa saber porque no hiciste bien tu trabajo este mes, Guillermo.

-Ah, eso –dijo Camarena. –Lo que pasa es que… -Camarena hizo un pausa mientras hacía una seña con los ojos señalando al hombre de la bata.

-No te preocupes por el doctor Mérida –dijo Robisco. –Él ya está al tanto de la operación y es parte de ella.

Camarena miró al doctor Mérida y éste lo saludó con un gesto. Era un hombre de alrededor de cincuenta años, alto y robusto, con la nariz chata. Parecía más un boxeador retirado que un médico. Robisco prosiguió.

-Ya hablaremos del porque está aquí hoy. Lo que me interesa saber es por qué compraste tarjetas de Loto y Quini-6. ¿No habíamos quedado que sólo jugarías a la quiniela?

-Sí, Mario, pero se me hizo tarde y no tuve tiempo de visitar más agencias.

-¿Trabajás una vez al mes y me decís que se te hizo tarde?

A Camarena no le gustaba el tono en la voz de su empleador.

-Ya sabemos que volviste a caer preso –siguió Robisco. -¿En qué quedamos con respecto a tus apariciones públicas? Otra vez apareciste en todos los diarios de nuevo; al menos esta vez no fue porque volviste a ganar millones en la lotería.

-Si, jefe, se que no cambia nada que le pida disculpas pero le juro que esto no se va a volver a repetir –en la voz de Camarena se notaba un dejo de temor.

-Por supuesto que no se va a volver a repetir –dijo Robisco. –A partir de hoy ya no precisaremos de tus servicios.

-Pero… eso significa que usted… me está… -Camarena tragó saliva- ¿despidiendo?

Ahora sí había miedo en la voz de Camarena. Por alguna razón temía que hubiera una sola forma de dejar de trabajar para los Robisco, y esa era estando muerto.

-No vas a tener esa suerte, Guillermo –respondió Robisco. –Debido a tu mala administración de los fondos, este mes ganamos mucho menos dinero que el habitual, por lo que vas a trabajar en otras áreas de la empresa para pagar parte del dinero perdido. Es por eso que el doctor Mérida está aquí hoy con nosotros. Él te va a explicar de que se trata el nuevo servicio que vas a brindar a la familia Robisco, ya que vas a trabajar directamente bajo sus órdenes- y dirigiéndose al aludido: Jorge, es todo tuyo.

4

Mario Robisco amaba este planeta. Los seres humanos eran como la arcilla, blandos y moldeables, y una vez que él les daba forma y los horneaba a su antojo, se tornaban rígidas figuras que al menor golpe se hacían añicos. Mario Robisco disfrutaba tanto el moldeado como la destrucción de sus “criaturas”, cómo le gustaba llamar en la intimidad de su familia a las personas que trabajan para él.

Cuando Camarena se retiró de su oficina, ebrio y con el bolsillo lleno de dinero, decidió que era hora de informar al resto del Triunvirato las novedades respecto a los negocios con los humanos. Se sentó en su sillón y se apoyó en el escritorio con los brazos abiertos en toda su extensión, de manera que su cabeza casi tocaba el cristal negro del escritorio. Cerró los ojos y se concentró. Sus dedos comenzaron a palpitar, y con cada palpitación se ensanchaban un poco. Pronto sus manos siguieron el movimiento convulsionante de los dedos, y comenzaron a deformarse y cambiar de color y textura, hasta terminar formando una especie de estrella de mar gelatinosa de color verde, y allí donde tocaban el vidrio del escritorio, éste comenzó a escarcharse como si de repente hubiese estado sometido a una bajísima temperatura. La cabeza de Mario Robisco comenzó a dilatarse de igual manera que sus manos y tomar el color y consistencia de éstas. Su cuello se tornó un manojo de mangueras metálicas negras y plomizas, que se retorcían sobre sí mismas y se dilataban como si transportasen alguna sustancia espesa por dentro.

En este estado, un híbrido entre su forma natural y su forma humana, le era más fácil comunicarse telepáticamente con el Triunvirato. Éste estaba conformado por su padre, su tío –hermano mayor de su padre- y él mismo. Debía comunicarles sobre el fallecimiento de la “criatura” que se encargaba de reunir fondos para las investigaciones y de la contratación de la nueva, además de los avances en la adaptación biológica de los humanos para que puedan servir de incubadoras para sus retoños. Esta adaptación era la única forma de hacer un ataque en gran escala al planeta Tierra, y la razón por la que él y una veintena más de los de su especie aterrizaron en el planeta unos 300 años atrás. Para mala fortuna de ellos, hasta hacía poco menos de 50 años los humanos no habían desarrollado ningún avance ni descubrimiento que permitiese que su investigación progresase a un ritmo acelerado, pero desde entonces la ciencia humana avanzó a pasos agigantados y con ella su propia investigación. Unos años atrás los científicos que trabajaban con Robisco (muchos de ellos habían llegado junto a él provenientes de su planeta natal) habían logrado por primera vez que el cuerpo humano no rechazase sus tejidos, y hacía sólo un par de meses que lograron mantener vivo por más de 24 horas un híbrido semihumano. Si lograban mantenerlo vivo por al menos 72 horas (las necesarias para que sus retoños pasasen de forma larval a crisálida) la invasión sería un hecho.

Ya venía siendo hora de que eso sucediese; tanto tiempo entre los humanos lo estaba volviendo descuidado, y estaba empezando a contagiarse con sus peores defectos. Y sabía que eso le traería problemas en el futuro.

5

Guillermo Camarena no sabía como expresar la alegría que sentía. El trabajo que le habían ofrecido era de no creer; debía apostar dinero como loco en sorteos arreglados y se quedaría con la cuarta parte de las ganancias. Y viendo el fangote de guita que le habían dado (por lo menos había unos diez mil pesos) calculaba que las ganancias serían muchas. Había otros detalles que no recordaba bien (había tomado de más), pero debía reunirse al día siguiente con un tal Alberto para ultimar los detalles. Camarena agarró el anagrama que le dio la mujer de cabellos rojos al morir y lo besó. Vaya si el trébol no era un símbolo de suerte.

El efecto de tomar unas cuantas cervezas tiene distintos matices según quien beba. Están aquellos a los que le da somnolencia, y después de unas cuantas copas empiezas a bostezar hasta caer dormidos. Están los que la toman como si de agua se tratase y no muestran nunca síntomas de borrachera. Y están los que después de unas copas están tan borrachos que lo único que piensan es en seguir tomando más. Camarena era uno de estos últimos, y qué mejor lugar para seguir bebiendo que la oficina de su nuevo empleador. ¿Por qué no?, pensó Camarena, además me parece que no le agradecí como era debido. Y ahí nomás pegó la vuelta y se dirigió de nuevo a la oficina de Mario Robisco.

Cuando llegó entró sin llamar, esa clase de valentías que sólo estando ebrio uno hace. Fue un gran error.

Al ingresar en la oficina lo que vio lo dejó paralizado del terror. Igual de nada le hubiera servido salir corriendo, ya que en el momento en que la criatura en la que se había transformado Mario Robisco puso sus ojos sobre él, Guillermo Camarena ya estaba perdido. Esos ojos amarillos, de mirada bestial y maligna pero llena de vida y energía, se metieron en su cabeza abarcándolo todo. Hurgaron hasta el más recóndito lugar de su mente, violando cada momento íntimo que atesoraba sólo para él, hasta encontrar un lugar adecuado donde esconderse y esperar el momento propicio para hacer de nuevo su aparición. Y ese momento fue el recuerdo más cercano de Camarena, y que estaría presente en todas sus acciones futuras. El momento en que una mujer de cabellos rojos cayó unos metros delante de él y murió luego en sus brazos. El miedo de Camarena ante las miradas acusadoras de los presentes sería el gatillo que haría disparar la trampa mental que le estaba poniendo Robisco en ese momento. Esos ojos estarían siempre ahí observándolo, al acecho, preparados para atacar al menor indicio de recuerdo, obligando a Camarena a quitarse la vida si fuese preciso.

-¿Te encuentras bien, Guillermo?

Camarena abrió los ojos pero el mareo que sintió fue peor. Estaba en los brazos del dueño del Trébol, y casi no tenía fuerzas para sostenerse en pie por sí solo.

-¿Qué… qué me pasó? –preguntó.

-Entraste y te desmayaste –le respondió Robisco. –Decí que estaba justo saliendo y alcancé a agarrarte antes de que cayeras al piso. Me parece que tomaste mucho.

Camarena se zafó de los brazos de su empleador y se apoyó en el marco de la puerta para mantenerse en pie.

-No, estoy bien, puedo solo, dejá –le dijo a Robisco cuando éste intentó ayudarlo de nuevo. –No sé lo que pudo haberme pasado. Venía a agradecerte de nuevo la confianza que pusiste en mí y cuando abrí la puerta… ¡Zaz! Todo negro… o más bien… amarillo.

-Bueno, va a ser mejor que te vayas y descanses, Guillermo. Mañana mi secretario se va a poner en contacto con vos para ultimar los detalles de cómo vas a invertir los fondos y las ganancias.

Robisco hizo un ademán para que se pusiese en marcha. Camarena se despidió y fue directamente a su casa. A primera hora del otro día, el asistente de Robisco se presentó en su casa con un montón de papeles para que firmase. Le dejó cientos de indicaciones de cómo debía apostar el dinero y se marchó dejándolo con un montón de dudas. Al día siguiente Camarena ganó 125 mil pesos a la quiniela y unos 60 mil más en juegos de raspaditas. Todo fue como Robisco se lo prometió. En sólo un día había ganado más dinero que en todo el año anterior. Alberto se presentó unos días más tarde para que le rindiera cuenta del dinero. Para sorpresa de Camarena tenía un informe detallado de las ganancias que había obtenido y le exigió la entrega de la mitad del dinero. La mitad de lo que sobraba sería el pago por sus trabajos; el cuarto restante debería invertirlo en obras de caridad. Le aconsejó casas y albergues para gente de la calle, ya que además estos tenían especial interés para el señor Robisco. Con el correr de los meses el dinero ganado fue cada vez mayor, y de a poco Camarena fue convirtiéndose en lo que más odiaba: un pequeño burgués de la sociedad. Un cheto, como él solía decirles.

Y por detrás de todo, esos ojos se mantuvieron alertas, vigilantes, hasta que llegado el momento, atacaron.

6

Una pesadilla interrumpió el sueño de Camarena. En ella la mujer de cabellos rojos moría una y otra vez en sus manos, pero la causa de su muerte siempre era distinta. Y cada vez que intentaba rescatarla de la muerte, un par de ojos amarillos y bestiales se cruzaban en su camino y se lo impedían. Esos ojos estaban siempre presentes en sus sueños y recuerdos. No sabía de donde provenían o qué significaban, pero sí que comenzó a soñar con ellos desde el momento que empezó a trabajar para los Robisco.

Se sentó en la camilla y se tocó el tobillo que le dolía. Algo raro pasaba con esa herida. Era sólo un tobillo dislocado pero no sanaba. Y sin embargo el brazo y la costilla que se fracturó ya no le dolían. Eso junto a lo que le había dicho el doctor Mérida en la mañana no lo dejaba tranquilo. Sabía que los Robisco experimentaban con algo y que para ello usaban a los mendigos que se alojaban en los refugios que él con sus ganancias ayudaba a mantener. Y ahora le habían dicho que iban a experimentar con él también, según entendió, con algún tipo de droga. Es totalmente inofensiva, le dijo el doctor Mérida, mañana comenzaremos con las pruebas. Pero ahora dudaba de ello y temía que ya la hubiesen usado en él.

Con gran esfuerzo intentó levantarse de la camilla. Era imposible apoyar el pie que le dolía, así que fue saltando en un pie hasta la puerta. No le sorprendió encontrar que estaba cerrada. Preso de furia pateó con el pie lastimado el carro de aluminio donde le llevaban la comida. Cayó al piso cegado de dolor pero lo que vio al abrir los ojos ahogó el grito que clamaba por salir. El bode afilado del carro cortó las vendas que cubrían su pie, pero debajo de ellas no se encontró con un pie morado y deforme por la hinchazón como esperaba, sino con una masa gelatinosa y palpitante de color verde.

Y esos ojos atacaron por última vez.

Published in: on 1 junio 2008 at 19:33  Comments (13)  

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13 comentariosDeja un comentario

  1. Vaya, impresionante.
    Me encanta, esta tercera parte es sin duda la mejor.
    Me gusta el desorden cronológico que va mostrando lo sucedido, y el tono sugerente y misterioso de algunos pasajes.
    Genial!

  2. wooowwww es genial!!!
    pobre Camarena….

    :)

  3. Poio, QUE BUENO QUE HAYAS RETOMADO!!!
    QUE BUENO QUE ESTA ESTE CUENTO!!!!!!!!

  4. Fanou: es gracias a vos si salió bueno. Te estoy debiendo una :D

    Botón: gracias!!! Vamos a ver si las voces en mi cabeza lo salvan a Camarena o no… todavía no lo sé :S

    Luna: Y QUE BUENO QUE TE GUSTE!!!

    sevemos

  5. Está muy bueno el cuento, además que cuando vi el título quede enganchada porque mis ojos son grandes y expresivos y todo lo que se le aproxime me da ganas de verlo, un abrazo y gracias por tu comentario en mi blog

  6. te quedó muy bien el final, lo colocaste todo en su sitio de una manera genial…me sorprendiste con la procedencia de los ojos , no me lo esperaba así !!

    besos poio.

  7. Me encanta como escribes, aparte vas mejorando.

  8. No me gusta la ciencia ficción, pero estoy curioso por saber qué va a pasar con el pie.

  9. La primera parte me sonaba a un cuento que sale en Todo es eventual, pero a tomado un camino espectacular e inesperado.

  10. Isa: bienvenida a casa!!! Y que bueno que te haya gustado el cuento. Eso sí, espero que tus ojos no sean amarillos y bestiales como estos :S

    Nara: me gusta que te guste, pero no creo que éste sea el final. Me da cosa dejarlo así a Camarena.

    Mena: gracias por los elogios :D

    Tajalápiz: no lo veo como un cuento de ciencia ficción, sino más bien como uno de terror con extraterrestres.

    Topa: me parece que la idea original salió al leer el cuento ese en el que un tipo tiraba una moneda en la alcantarilla. Está en “Todo es eventual”, no???

    sevemos

  11. Si, esta ahi. Pero yo hablaba del tipo que leia el futuro decodificando figuras y formas con nombres raros que creo que no existen.

  12. no me acuerdo de ese :S

  13. Hablabamos del mismo cuento Poio. Se trataba efectivamente de Todo es eventual. Mira lo que encontre, es corto y esta muy bueno…

    http://es.youtube.com/watch?v=8ZGpXxRPW4w

    Notaras que esta por unos gallegos…


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